Respuesta a los comentarios expresados por el gobierno de Ecuador y a la figura de su Presidente

gusEn vista de las reiteradas menciones que han hechos autoridades del gobierno del pueblo hermano de Ecuador en contra de la presencia de venezolanos en aquella queridísima nación para supuestamente promover la violencia y desmanes en contra del gobierno, y suponiendo que la equívoca referencia posiblemente me atañe y concierne, envío esta nota de información como respuesta.
Soy Gustavo Tovar Arroyo, venezolano, ciudadano común y corriente de esta América Latina e India que nos dio nacimiento y que con tanta bondad nos abriga. No tengo más majestad sino la que me confiere la de ser humano, y, como tal, según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, digno de respeto y consideración.
No he sido líder de nada ni aspiro serlo, no soy persona de tribunas ni de reflectores, mi única aspiración es la convivencia, el diálogo y el debate forjador entre seres humanos conscientes y críticos. No soy representante de la CIA ni mucho menos del imperialismo norteamericano, ruso, venezolano o español. No soy agente de nadie, mucho menos de aquellos que aspiran dominar o aplastar a nuestros pueblos, como está ocurriendo en Irak o en el Tíbet. Habló por mí, por mis ideales y principios. Eximo desde ya de cualquier responsabilidad sobre mis actos a mis amigos del movimiento estudiantil venezolano, que nada tienen que ver con mis pronunciamientos ni mis viajes por Latinoamérica o el Mundo.
Fui invitado a la nación hermana de Ecuador a conversar sobre el libro que escribí sobre el pensamiento y gestación del movimiento estudiantil venezolano: €œEstudiantes por la libertad€. Lo hice en una ocasión con Yon Goicoechea, uno de los líderes del movimiento venezolano, y en otra con el diputado brasileño Efraim Filho, como ha sido reseñado en los diarios.
Nuestras presentaciones, igual que nuestros ideales, han estado enmarcadas en la promoción del humanismo (entendido como el reconocimiento de los Derechos Humanos contenidos en la Declaración Universal), la libertad, la democracia y la no violencia.
Nuestro ánimo no ha sido otro sino el de exaltar el papel de la juventud en la creación de una sociedad, más humana y más libre. Esto hondamente convencidos de que desde la entraña más íntima y vital de nuestra sociedad emerge un sentimiento genuino de reivindicación del papel de la juventud en la fundación de una sociedad arraigadamente humanista. En nuestras conferencias impulsamos la memoria de insignes humanistas y luchadores no violentos como lo fueron Jesucristo, Tolstoi, Gandhi, Martin Luther King, Vaclav Havel, Lech Walesa, Suu Kyi o nuestros amigos yugoslavos (Otpor) o ucranianos.
No promovemos la violencia, jamás lo hemos hecho ni lo haremos, no exaltamos ni a Hitler ni al Che (asesinos cada uno en su lodazal), creemos rotundamente en la paz y en la no violencia.
Gandhi decía que una nación tiene el gobierno que es y representa a su pueblo. Partiendo de ese postulado podemos aseverar que si nos quejamos de nuestros gobiernos, si nos quejamos de las partidocracias, si nos quejamos de las oligarquías, debemos aspirar a transformar las sociedades que las constituyen y no derribarlos a ellos, pues esta fatalidad de nada serviría.
La misión de un activista del humanismo y de la no violencia no puede ser jamás €œdoblegar€, €œhumillar€ o €œagredir€ a un gobierno, mucho menos cuando estos han sido democrática y cívicamente escogidos por su pueblo (como el de Ecuador o Venezuela), sino transformarlos, ilustrando en el humanismo, la libertad y la no violencia a la gente. De hecho, nuestra piel desnuda es la única arma material que poseemos, en ese sentido promovemos que nuestros actos deben ser una siembra de nuestros Principios.
Negamos, por lo tanto, de manera categórica y absolutamente concluyente que nuestra voz haya promovido o promueva la violencia como método de lucha. No creemos en la guerra. No creemos en las armas. Creemos en el diálogo y en el debate. Creemos, incluso, que cuando un gobierno nos agrede e injuria, debemos resistir de manera civil y pacífica, como ejemplo de la sociedad que aspiramos sembrar.
Sin embargo, hablando de violencia, sí deseamos recalcar que no somos militares ni militaristas, no somos compradores de armas compulsivos, no hemos dado golpes de estado en nuestro país, no hemos derramado sangre inocente de nuestro pueblo en el pavimento de nuestras calles por un capricho o porque nos creemos poseedores de la verdad (€œPatria, socialismo o muerte€), no promovemos las balas o los tanques como forma de hacer política. Cosa que lamentablemente sí hizo en su momento el presidente de Venezuela, hoy aliado estratégico del gobierno hermano de Ecuador.
Insistimos, somos hombres de paz no de guerra. No necesitamos metáforas de muerte para motivar a nuestra juventud ni a nuestros pueblos, creemos profundamente en la vida y en la libertad: €œPara el buen vivir, antes es fundamental poder vivir逝
No somos tampoco de la opinión que debe ser la €œespada de Bolívar€ la que en el siglo XXI recorra la América Latina e India. Consideramos profundamente que antes se debería exaltar el espíritu liberal del Libertador, su visión integradora y su virtuosismo moral.
¿En qué podría derivar convertirnos en los carritos chocones del continente? En hambre y olvido para nuestro pueblo, sólo eso, en la profundización de la miseria y el desprecio por sus padecimientos y angustias.
Creemos, sí, que el €œNorte es el Sur€ y que nuestros esfuerzos se deben enfocar en la constitución de una generación que conozca sus derechos y sus libertades, pero también sus deberes. Una generación humanista que sea capaz de hacer política con €œp€ mayúscula y que participe activamente en la configuración de la sociedad que aspira y sueña, desde la cultura, el deporte, el arte, las ciencias o desde el plano que asuma por escogencia personal y no estatal.
La libertad es la posibilidad de escoger y alcanzar los sueños de ser, hacer y tener que uno tiene. La política es también un sueño de ser, hacer una región o nación. Pero, la libertad y la política deben reconocer, respetar y debatir con el prójimo, aceptar que tiene derechos humanos y no discriminarlo porque piensa o es diferente. La libertad y la política no pueden jamás usar la espada, sea ésta de Bolívar, Sucre o del Arcángel Miguel, como excusa para humillar o aniquilar a nadie.
Es la hora de la palabra y de la discusión. Debemos ser críticos pero sin despedazar al ser humano con nuestros argumentos. Hacerlo de esa manera insana, además de discriminatorio, inmoral e inhumano es una negación flagrante de la democracia, la libertad y la política, es una infección venenosa al alma de nuestra región.
En ese sentido, exaltar el rol de las nuevas generaciones en el ámbito político es a un tiempo responsable y vital. Creemos que negar ese rol, avasallarlos usando los recursos del estado, los medios de comunicación y la fuerza pública es irresponsable y mortal.
Quien atenta contra la juventud emergente de un país, atenta contra el futuro de una nación; lo empuja hacia un abismo de dolor y desdicha insondable.
La reivindicación histórica de nuestros pueblos no puede ni debe ser postiza ni oportunista, no podemos, so pretexto de ser los más bellos e inteligentes de un país, hacer pedazos al prójimo, vejarlo, humillarlo, porque a fin de cuentas a quien se veja es a la dignidad del ser humano, a la humanidad. No podemos ser Saturnos, sino Prometeos en nuestra sociedad.
Los efectos perniciosos que la polarización política están infringiendo al continente son de envergadura desconocida. La compra frenética de armamento militar para defendernos de quienes a todas luces son nuestros más comprometidos socios (a quienes incluso les regalamos petróleo) es cínico e inmoral. En Venezuela, desde 1830 las armas venezolanas sólo han sido usadas contra venezolanos y en alguna que otra ocasión contra las FARC o contra el ejercito del comandante Fidel Castro cuando nos intentó invadir hace ya varios lustros. El presidente de Venezuela lamentablemente no ha sido la excepción en cuanto al uso de las armas venezolanas contra venezolanos (de hecho, sus compañeros militares), y estoy convencido que en su fuero interno está profundamente arrepentido de haberlo hecho.
Pues, mientras inventamos batallas imaginarias o las impulsamos para justificarnos ante la historia, nuestros pueblos andan entre el olvido y el hambre, nuestras calles se bañan de sangre por acción de la delincuencia común y crece el desempleo y la pobreza.
El problema es que con tanta parafernalia ideológica y verbal, con tanta obnubilación y resentimiento, nos hemos olvidado del Hombre, del ser humano. Y en ese imperdonable olvido, es donde el papel renovador, crítico, pero sobre todo, humanista y no violento de la juventud es fundamental.
El espíritu de la lucha que nos compromete a los representantes gubernamentales del pueblo de Ecuador y a nosotros, los humanistas, es el mismo. Lo que en apariencia son desemejantes son los métodos. Acaso no tan ilustrados o privilegiados, nosotros, sin haber contado con una educación tan celestial y elitesca, sin tanta parafernalia ideológica y circo teórico, entendemos que los problemas del pueblo llano son urgencias cotidianas y no monumentales obeliscos o efigies utópicas. No le inclinamos la rodilla al Rey Sol (llámese éste Castro o Friedman), le tendemos la mano al Hombre para en diálogo humano y social, civilizadamente, intentar construir una sociedad menos corrupta y desvanecida.
Creemos que llega el momento fundador latinoamericano de vernos, como seres humanos, unos a otros al rostro, sin ascos ni aspavientos, mucho menos con resentimientos atávicos o amaneramientos. Es hora de vernos y reconocer las heridas y las arrugas históricas que nos componen como raza. Cada latinoamericano ha sido y es un filósofo griego, un emperador romano, un esclavo africano, un perseguido judío, un ultrajado indígena, un incomprendido árabe, un conquistador europeo. Ese mestizaje a un tiempo esplendoroso e indescifrable es signo e inspiración de la América Latina e India que somos. Como decía Vasconcelos, somos la raza cósmica ¿porqué discriminarnos y agredirnos?
Insisto, no seamos Saturnos, seamos Prometeos de nuestra cultura y civilización.
Aunque eximo de cualquier responsabilidad sobre mis actos al movimiento estudiantil venezolano, que nada tiene que ver con ellos ni con mi actuación, nosotros, habló por mí y ahora sí por mis amigos humanistas del movimiento estudiantil, estamos convencidos de que agredir a nuestros gobiernos es agredirnos a nosotros mismos. Creemos en las instituciones democráticas y estamos comprometidos en una lucha asimétrica contra el autoritarismo y el poder irresponsable. Nuestra arma, es la democracia no el militarismo infantil.
Creemos en el humanismo, en la libertad, en la igualdad y lucharemos siempre de manera no violenta por conquistarlos. No será fácil, pero reconocemos que las luchas de este tipo jamás lo han sido. Nuestra aspiración última es la libertad, y la libertad siempre es críticaé
De cualquier modo, reto al gobierno de Ecuador, al de Bolivia, al de Perú, al de México, al de Argentina, al de Estados Unidos (con quienes somos especialmente críticos), al de Colombia, o a cualquier otro, a que prueben si en cualquiera de mis presentaciones, escritos, diálogos, intervenciones o promociones he de alguna manera motivado a la violencia. Estoy absolutamente abierto a una investigación o a una pesquisa. No tenemos nada que temer ni que ocultar.
Es hora de dejar de lado nuestros resentimientos postizos, es hora de debatir y dialogar para construir una América Latina e India más humana y libre, sin empujones, insultos o mordiscos.
No desvirtuemos la gentileza de nuestra Pachamama ni la convirtamos en un camposanto de hienas, chacales y rinocerontes, reivindiquemos su inconmensurable bondad e iniciemos un cultivo permanente de bienestar y Verdad. Más que un compromiso, es una responsabilidad humana hacerloé
Postdata como recomendación: no se preocupen por mí, no pierdan el tiempo, no vale la pena, dediquen su tiempo a asuntos más relevantes y valiosos como la desdicha y el hundimiento de nuestros pueblos. Ellos sí requieren atención.

Gustavo Tovar Arroyo