La prevención es lo humano

€œEspero profundamente que los horrores que la humanidad ha sufrido durante el siglo XX nos sirvan de dolorosa lección y que la creación de la Tribunal Penal Internacional nos ayude a prevenir que aquellas atrocidades se repitan en el futuro.€

 

Luís Moreno-Ocampo
Fiscal en Jefe de la Tribunal Penal Internacional
El señor de los piojos

Bajo los argumentos esgrimidos por Vargas Llosa en su entrega periodística (El Señor de los Piojos, El País, España. 28 de diciembre de 2003), inicio mi reflexión sobre el tema de la prevención en la comisión de crímenes de Lesa Humanidad.

 

 

€œNingún dictador es respetable y todos son unos criminales y unos crápulas, sin excepción. Aunque algunos guarden mejor las formas que otros, y roben más o menos, y la lista de sus asesinados, torturados y desaparecidos sea larga o encogida. Porque todos ellos corrompen a sus pueblos, creando unas escalofriantes escalas de valores que desnaturalizan la moral más elemental, y desmovilizan el espíritu creador y las iniciativas libres de las personas, anulando en éstas la generosidad, la actitud crítica, la independencia de criterio, y promoviendo los peores instintos, la auto censura, la adulación, la delación, y ese miedo crónico que es fuente de todas las claudicaciones y complicidades.

 

€œQue Saddam Hussein sea juzgado en su propio país y por jueces iraquíes, bajo una vigilancia internacional que garantice la pureza del procedimiento, o por la Tribunal Internacional de La Haya que está juzgando a Milosevic, no tiene mucha importancia, en realidad.

Lo importante es que el pueblo iraquí, y todos los pueblos que todavía padecen dictaduras, vean, en las sesiones de ese juicio, la poca cosa que son y lo que valen esas inmundicias humanas por las que se han dejado o se dejan todavía maltratar, robar, asesinar, violar y degradar, y lo absurdo y torpe que fue permitirles tomar el poder y ejercitarlo de esa manera desorbitada y total. Y lo fácil que hubiera sido, al principio, atajarlos y defenestrarlos, ahorrándose tanto dolor, tanta miseria y tanta sangre. Ojalá que la imagen televisada del Señor de los Piojos quede largo tiempo flotando en las conciencias de los ingenuos que todavía creen que los hombres fuertes y providenciales son la solución.€

El Estatuto de Roma o una civilización que se humaniza

Estos tres párrafos esbozan lo que debe impulsar el debate sobre el tema de la prevención en prácticas lesivas de la humanidad orquestadas por dictaduras o tiranías a la luz de la aparición del Estatuto de Roma.

Antes que nada señalemos que la aparición de este instrumento jurídico es casi tan significativa para la historia de la humanidad y para la protección del ser humano como lo fue en su oportunidad la aparición de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Además, destaquemos que no nace únicamente para castigar los peores crímenes que el hombre puede padecer una vez que estos ocurren, como en los casos de Nuremberg, Ruanda, Argentina o Yugoslavia, en los que se crearon tribunales especiales para enjuiciar a sus responsables, sino para prevenir que estos sucedan, como bien lo expresa su preámbulo introductorio: €œDecididos a poner fin a la impunidad de los autores de esos crímenes y a contribuir así a la prevención de nuevos crímenes€.

Lo humanista en el caso del Estatuto de Roma es que crea instancias permanentes de fiscalización y control, como el Tribunal Penal Internacional de La Haya y la emblemática figura del Fiscal Penal Internacional /»posición que en su primera oportunidad ocupará el jurista argentino Luís Moreno-Ocampo/», para atender anticipadamente cualquier indicio criminal de aniquilación de la población civil que se esté gestando como fórmula de terror o de persecución perversa del hombre por el hombre.

En ese sentido el Estatuto de Roma es el mecanismo formal que se crea para prevenir e impedir que se consumen y queden impunes los más atroces crímenes que puede conocer la familia humana: genocidio, lesa humanidad y crímenes de guerra, cometidos siempre por aquellos tiranos que usurpan el poder para devastar a sus naciones. Asimismo, fue creado para conseguir que, de perpetuarse el crimen, se castigue sin demora de modo que no desencadene en otra horripilante experiencia inhumana como el Holocausto.

El Estatuto de Roma intenta evitar desastres mayores. En el amanecer del siglo XXI resulta muy novedosa esta interpretación. Su idea no es otra sino promover y alcanzar la paz, la seguridad y el bienestar de la humanidad en su conjunto, impidiendo que aquellas atrocidades humanas que han afectado la conciencia histórica del hombre se intensifiquen una vez ocurridas y queden impunes. Ese pareciera ser el canto unánime que se desprende de sus letras: la prevención del crimen y evitar la impunidad una vez que ha acontecido. El tema de la prevención que, inclusive, el Estatuto distingue en su normativa como €œtentativa de crimen€, es la esencia de este instrumento legal, su alma. Prevenir /»y no lamentar/» vejámenes, asesinatos, torturas, exterminio, agresiones o ataques a la población civil por razones políticas, religiosas, étnicas, económicas o sociales es su razón de ser, y, una vez ocurridas, denunciarlas a tiempo y castigarlas antes de que alcancen el grado de barbarie.

La prevención es lo humano

Es a partir de esta referencia: fiscalización, denuncia y castigo temprano de actos criminales que lesionan a la humanidad en bloque, que hacemos una equivalencia del tema de la prevención, según lo recoge el Estatuto de Roma, con la realidad política de Venezuela desde que Hugo Chávez Frías ejerce la primera magistratura nacional, en cuyo período, de manera sistemática y generalizada, el comandante se ha dedicado por un lado a perseguir encarnizadamente todo vestigio de oposición política y, por otro, a vejar, encubierta y abiertamente, el libre ejercicio de la ciudadanía en el país.

En el caso venezolano, el argumento de la prevención no sólo es pionero jurídicamente, sino vital en el plano de lo humanitario. Los crímenes cometidos todavía no se han desbordado como sucederá tarde o temprano mientras Chávez permanezca en el poder. El número de muertes todavía no es tan grande, aunque sí el número de víctimas y heridos. No se exagera si se señala que más de la mitad de la población se ve afectada por los ejercicios pedantes y tiránicos del teniente coronel. La prevención, al mismo tiempo, es lo que permite discutir sin complejos con los sesudos del Derecho, con los positivistas y con los consultores de jurisprudencia el tema de la Lesa Humanidad. No apoca la causa, la engrandece. Venezuela podría convertirse en un caso fundador para detectar y enjuiciar tempranamente una embrionaria tiranía. La vida y la libertad de sus habitantes merecen esta oportunidad impar. Latinoamérica que en su historia ha sido tan afectada por esta suerte de regímenes autocráticos también se beneficiaría. La humanidad en su conjunto sería la ilustre triunfadora: vencería la vida.

En Venezuela, de abrirse un juicio a Chávez, podría estarse interrumpiendo tempranamente una escalada de violencia que de sí posee ya ribetes de guerra civil. Como se observa el tema de la prevención es, además de jurídico y humanitario, profundamente civilizatorio.

Por ello, sin dudarlo, nos atrevemos a aseverar que en el Estatuto de Roma la prevención es lo humano; perseguir, castigar e impedir la impunidad, lo jurídico.

Construir con dolor como aprendizaje

Ese es el enfoque con el que se debe abordar el Estatuto de Roma: humanista y civilizatorio, sin prejuicios. Los defensores de Derechos Humanos, las organizaciones no gubernamentales y la sociedad de naciones en general han €œconstruido€ sobre las bases del dolor y del terror histórico esta joya jurídica. De su buen uso dependerá que el hombre conquiste su aspiración permanente de blindaje frente de la tiranía. De hecho, por primera vez contamos con un instrumento que nos describe con detalle inusual los rasgos objetivos que califican a un régimen como autoritario o tiránico. Ya dejó de ser una simple especulación subjetiva su distinción. Asimismo, el Estatuto determina magistralmente los actos individuales que ocasionan la responsabilidad criminal y cómo es el modo de operación del autócrata: instigación, encubrimiento, promoción y, a veces, mas no siempre, comisión directa del hecho delictivo.

Los juristas que legislaron esta calificación bien conocían el tema que formulaban. Resulta asombroso advertir cómo lograron hacer este lucido compendio criminal, sobre todo, por el modo sencillo y sucinto en que presentan el tema hasta al más descuidado de los lectores. Vale subrayar que la calificación de €œresponsable€ que recae sobre quién desde el poder €œinstiga€ a sus partidarios a cometer crímenes en favor de su idea o de su persona (lo cual a su vez hace a los partidarios responsables individuales) es el mayor avance del Estatuto de Roma para el descubrimiento temprano de una dictadura.

La calificación que determina responsabilidades individuales en quienes instigan y en quienes ejecutan materialmente la orden instigadora, convierte el acto histórico de aniquilación del otro (sea política, social, racial o religiosa la causa de la persecución) en un problema ético: la conciencia de cada quién precisa su libertad o su presidio. Quien materialice la instigación y delinca no puede argí¼ir en su favor la obediencia debida, es un criminal y así será investigado y enjuiciado.

La instigación a perseguir al otro impulsado por un discurso maniqueo y aniquilador es un hecho que, al tenor normativo del Estatuto de Roma, nos revela con exactitud quirúrgica la presencia de un tirano. Incluso, esto determina la responsabilidad original causante del crimen, pues es el impulso agitador de la situación conflictiva. Este punto es vital y no debe soslayarse jamás: quien desde el poder intenta imponer con el uso de la fuerza sus ideas e instiga a perseguir y persigue al otro es la fuente original de cualquier problema civil, nacional o internacional de gran envergadura.

En Venezuela, quien, a través de la instigación, ha sembrado vientos y ha cosechado tempestades ha sido el pendenciero Hugo Chávez. En su caso existen pruebas no sólo de la instigación al crimen por motivos políticos, sino de su planificación y ejecución, y, aunque la envergadura de estos no ha llegado al colmo nefasto de otros que la historia nos ha dado la lamentable oportunidad de conocer: Hitler, Stalin, Hussein, la sangre venezolana derramada está ahí, ha sido suficiente, y su responsable tiene nombre y apellido.

La metamorfosis sólida de la palabra

El 11 de abril de 2002 fue la fecha paradigma que devela la voluntad criminal del régimen por mantener a cualquier costo su «revolución». Si hacemos una disección juiciosa de esa fecha descubriremos el canallesco modo de operar del gobierno, veremos el proceso silente que convierte el discurso instigador en acción de amedrentamiento, vejación pública y, por último, planificación y ataque efectivo a la disidencia, al otro.

Metamorfosis sólida de la palabra: lo que comienza como una etérea vibración vocal por parte del €œlíder máximo€ va derivando en estridencia, pronto se convierte en empujón, en segundos es ya una piedra y al final una diminuta y sólida bala. La palabra instigadora cuando se pronuncia desde el poder gubernamental produce una reacción social ferozmente sólida. Por una parte, el comparsa del instigador activa materialmente los mecanismos de ataque y ataca; por la otra, inmediata e instintivamente el agredido responde del modo que puede ante la amenaza y contraataca. El resultado siempre se reduce a guerra.

¿Quién es el responsable principal del diálogo sólido entre factores políticos en una nación? Aquél que desde el poder arremete contra su disidencia, contra lo que percibido como lo otro. Su responsabilidad es aún mayor si gobierna por representación popular y democrática y no por antojo o apetito. Por ello, cada ataque o cada instigación a atacar a un sector de la población civil por motivos políticos, sociales, étnicos o religiosos, en una democracia, se convierte en un acto administrativo informal que amenaza la seguridad de la nación y la conduce irresponsablemente a la confrontación. Acciones de ese tipo deben de ser combatidas sin demoras.

Esta es la triste realidad del arremetedor discurso político del presidente Chávez: tarde o temprano deviene en bala. El 11 de abril como fecha emblemática, además de comprobarse esta premisa, se notaron otras variables que agravaron el hecho de la instigación: se planificó una estrategia cívico-militar para aplastar meticulosamente (ataques puntuales, no masivos) a la población civil que marchaba pacíficamente. No sólo se instigó a la violencia promoviendo una defensa sangrienta de la revolución por parte de los cuerpos militares y paramilitares (Círculos Bolivarianos, creados y financiados por el gobierno), sino que, una vez ocurridos los crímenes, se justificó a sus responsables llamándolos: €œHéroes revolucionarios€. Se premió la sangre derramada, por lo tanto, habrá más de ellaé

El discurso de las balas y de los tanques

Esta atroz realidad es el día a día venezolano desde que Chávez asumió la presidencia. Según el Estatuto de Roma su verbo violento e instigador lo hacen responsable. Por supuesto, en toda confrontación ocurren caídas de bando y bando, pero, lo que hay que dilucidar es quién o qué cosa originó la confrontación. En el caso de Chávez simplemente hay que hacer memoria de la que fue su primera presentación pública en el escenario político venezolano la medianoche del 4 de febrero de 1992: un estruendo de balas como discurso político sobre la humanidad de inocentes venezolanos, una arremetida de tanques sobre el fundamento institucional, una llaga histórica a nuestra hermandad y a nuestra cultura.

Chávez ha sido repetitivo en su discurso político inaugural: balas, tanques, traición a la patria, irrespeto a la institucionalidad, sangre venezolana derramada. Ese mismo año, el 27 de noviembre de 1992 sus partidarios oficiaron otro espectáculo funesto cargado de terror y de muerte para Venezuela. La ansiedad por imponerle a un pueblo sus ideas políticas por medio de palabras que unas veces son balas y otras son tanques, incluso aviones bombarderos, fue la evidencia.

Muy ilustrativa también fue aquella penosa ocasión, el 14 de agosto de 2002, cuando Chávez, por una sentencia del Tribunal Supremo de Justicia que le fue desfavorable, envió a sus partidarios a arremeter contra las autoridades judiciales y contra la máxima institución que imparte justicia en el país bajo la orden instigadora de que la sentencia fue una €œplasta€. O cuando, el 4 de noviembre de 2002, la oposición se dirigió al Consejo Nacional Electoral a consignar firmas para activar un plebiscito contra Chávez y fue recibido con un estruendo asesino de balas que por suerte no generó más muertes aunque sí varias de decenas de heridos. O el 27 de febrero de 2004, cuando una marcha se dirigía a la sede de la Conferencia del Grupo de los 15 a entregar un documento a los presidentes que la conforman y fue impedida de hacerlo por acción de la Guardia Nacional con una refriega inaudita de disparos, golpes, gases lacrimógenos y vejaciones de todo tipo que se prolongó durante una semana por diferentes ciudades del país; semana de violencia callejera donde la situación se agravó hasta lo intolerable.

En esos días se arremetió criminal y cobardemente contra la población civil a través de los funcionarios de seguridad del estado, quienes, actuando de espaldas a la ley, ocultaron sus rostros (en ocasiones hasta con pasamontañas) para cometer toda suerte de barrabasadas: se asesinó a manifestantes; se les agredió físicamente; se les encarceló sin seguirles el debido proceso; y, memoria de la infamia, se torturó a los detenidos con métodos medievales.

La resistencia cívica

Chávez, desde el primer día, con su discurso sólido e instigador ha desgajado nuestra alma nacional, sembrado odio y haciendo un esfuerzo ingente por fraccionarnos. En gran medida, lo ha logrado, sin embargo, la sorpresa para él ha sido la impecable respuesta humanista que le ha presentado la sociedad civil venezolana.

La resistencia ha sido ardua y muy penosa. Ha costado varios centenares de muertos y miles de heridos. La encrucijada resulta obvia: el ataque indiscriminado contra todas las instituciones y personas que le hacen oposición, como los partidos políticos; los gobiernos estadales y municipales administrados por representantes opositores (a estos, o no les dirige la palabra o los encara y veja con irresponsabilidad desmedida); la Iglesia; la central obrera (CTV); la central empresarial (Fedecámaras); los medios de comunicación (sin excepción); las personalidad independientes que le disienten; los intelectuales que le contradicen (incluso, al mencionado Vargas Llosa lo llamó apátrida y analfabeta); las marchas opositoras (como la del 11 de abril); muestran que Venezuela corre un hondo peligro. Hay que prevenir un desenlace peor. El carácter maniqueo se ha ido recrudeciendo y se intentará hacer sucumbir todo aquello que se presente como oposición política o intelectual. Sin pecar de profetas desastrosos nos atrevemos a asegurar que esto se agravará mientras Chávez permanezca en el poder.

Si lo permitimos y no somos previsivos, a la postre Chávez se podrá convertir en el nuevo sacrosanto y pintoresco caudillo latinoamericano. Lo lamentable es que muchas otras vidas inocentes se perderán. La convivencia de la nación caerá en un estrepitoso riesgo. Al gobierno sólo le resta dinero y fuerza para mantenerse en el poder, ha perdido la legitimidad humana y democrática, si emplea ese dinero y esa fuerza para controlar el Estado, en Venezuela florecerán las peores miserias. Sangre, dinero y fuerza como mecanismos de control gubernamental son síntomas inequívocos de la deshumanización de una República. Hay que evitar la barbarie.

La mano en el pecho a la tiranía

El grupo de víctimas que solicitaron un investigación contra Chávez por delitos de lesa humanidad ante el Tribunal Penal Internacional no sólo lo hacen por las pérdidas irreparables que sufrieron la tarde del 11 de abril de 2002 cuando marchaban de manera democrática y pacífica hacia el Palacio de Miraflores para solicitarle la renuncia, sino también por las reiteradas violaciones a los Derechos Humanos que han sufrido los ciudadanos venezolanos en eventos sucesivos por razones de exclusión políticas.

Esta denuncia de hacerse efectiva abre una ventana amplísima de posibilidades jurídicas al mundo civilizado. La historia del derecho penal internacional y la lucha por la salvaguarda de los Derechos Humanos de una población cambiarán por completo.

Hay que subrayar que quien comete un delito de Lesa Humanidad en alguna ocasión lo seguirá cometiendo en lo sucesivo mientras detente el poder. Sus prácticas siempre e inevitablemente serán opresivas. El terror estatal y el amedrentamiento buscarán hacer sucumbir a la población disidente hasta hacerles sentir miedo o apatía. Sus métodos se signarán por un desfile furioso de prácticas supresivas de la libertad y la dignidad humana.

Chávez, cuyo discurso inaugural en el ámbito político fue un escándalo de balas y de tanques la madrugada del 4 de febrero de 1992, que costó la vida de centenares de venezolanos, persistirá en imponernos por la vía de la fuerza y de la sangre derramada su «verdad», o mejor, parafraseando al poeta mexicano Octavio Paz, su €œideocracia totalitaria€. Desde la presidencia seguirá actuando del mismo impositivo, tiránico y criminal. No hay que ser muy sesudos para comprenderlo. Es un razonamiento más que jurídico, histórico. Chávez lo hizo, lo hace y lo hará por siempre mientras perdure en el poder. De hecho, de no haber sido por la crasa estupidez del ex presidente Caldera, que lo liberó de culpas por las muertes y sucesos insurreccionales de 1992, el teniente coronel Chávez todavía estaría cobrando condena. La vida de muchos venezolanos y la paz nacional no estarían corriendo el terrible peligro que desde la llegada del golpista al poder ha corrido. El riesgo permanece latente, hay que ponerle la mano en el pecho a la tiranía.

Pequeña biografía de la infamia

Es curiosa la semejanza en la biografía de autócratas como Hitler, Mussolini, Hussein, Castro, Gadafi, o Chávez. Todos ellas comprenden rasgos similares: aspiran a la conquista del poder a través del golpe de estado (algunos son encarcelados por ello y luego irresponsable y neciamente indultados como Hitler, Castro o Chávez); crean comandos paramilitares de persecución política; intentan refundar el Estado a través de nuevas constituciones cuando asumen la presidencia; utilizan la guerra psicológica como mecanismo de control ciudadano; son rodeados por psiquiatras (manipuladores mentales de profesión) en el ejercicio del poder; sus países terminan devastados después de su tránsito gubernamental. La llaga que legan al alma nacional de sus países es legendaria y en ocasiones incurable.

Lesa humanidad

Chávez posee todos y cada uno de los atributos que el Estatuto de Roma establece como rasgos característicos de un criminal de lesa humanidad: instigador, promotor, encubridor y ejecutor de violaciones sistemáticas y generalizadas a los Derechos Humanos de la población civil por razones políticas. De ahí que el fatídico 11 de abril, fecha paradigma, como acontecimiento criminal no pueda quedar impune, aun a pesar de que la fecha en que aconteció el hecho haya sido previa a la entrada en vigencia del Estatuto de Roma (11 de julio de 2002). Esto no es excusa para que la fatalidad conceda impunidad a su actor principal. Además de que estos delitos son imprescriptibles, su principal ejecutor, Hugo Chávez Frías, permanece en el poder, y, desde él, continúa amenazando y completando crímenes semejantes. Es lo que los especialistas en derecho penal denominan €œdelito continuado€.

El ánimo de la iniciativa judicial contra el régimen chavista en el recién creado Tribunal Penal Internacional de La Haya no sólo aspira a que se castiguen los delitos ya cometidos, sino prevenir que éstos sigan cometiéndose hasta el punto de convertirse en un lamento histórico.

Dado que una comparación entre Chávez y Milosevic mitiga ante la opinión pública el argumento que acusa a Chávez de criminal de lesa humanidad /»cuestión que muchos jurisconsultos consideran polémica y hasta excesiva/» no acusarlo tempranamente sería igual imperdonable. Hay que interpretar y valorar la razón del ser del Estatuto de Roma: la prevención. El Estatuto jamás especifica el número de asesinatos necesarios para que la persecución política de un régimen se convierta en Lesa Humanidad. Habla en singular, de un solo asesinato, incluso, cabría la posibilidad de que éste no sucediera según la norma, bastaría la agresión física o psicológica. He ahí un dilema que en su valoración debe favorecer siempre la vida humana y no el tecnicismo jurídico. El tema es delicado y pone el dedo en el centro de la llaga de una posible indefinición legal: la gravedad del delito. Sin embargo, insistimos, en ninguna parte se ventila la cantidad de sangre derramada necesaria para interpretar la magnitud de este tipo de crimen. Es inobjetable que el legislador pretendía prevenir una barbaridad criminal, no padecerla. Entendemos que para el momento de escrito el presente ensayo (principios de 2004), a dos años de entrada en vigencia del Estatuto y a poco menos de un año de instaurado el Tribunal Penal Internacional, todavía el argumento es novedoso. Sin embargo, la urgencia histórica venezolana nos impele a desnudarnos de prejuicios para dar un salto positivo al futuro jurídico de la humanidad. Estamos ante una oportunidad inmejorable para prevenir a tiempo peores desenlaces criminales y un mayor derramamiento de sangre.

No se pretende, por los momentos, hacer una escandalosa analogía criminal entre Chávez, Milosevic o Hitler. Sería restarle seriedad al argumento, incluso, banalizarlo. También es cierto que ningún tiranuelo latinoamericano puede ser comparado con aquéllos. Sin embargo, tropicalizado, si se puede señalar que Chávez conduce a Venezuela hacia el mismo camino devastador que otras experiencias autocráticas latinoamericanas han causado. Imaginemos que las tiranías europeas o las latinoamericanas en algún momento temprano hubiesen podido ser detectadas, prevenidas y perseguidas como criminales. Con la aparición del Estatuto de Roma, en los albores del siglo XXI, el hombre cuenta con la herramienta política y jurídica para hacerlo.

En ese sentido, ya hubo un pronunciamiento histórico en el ámbito jurídico internacional cuando en la Audiencia Nacional en España el juez Andréu determinó que la gravedad de los hechos ocurridos en Venezuela ameritaban una investigación por parte del Tribunal Penal Internacional. La sentencia es un remanso de claridad en medio de la tormenta política venezolana. En su dictamen, el juez podría haber establecido que no había méritos para enjuiciar a Chávez en España y dejar hasta ahí las pretensiones acusadoras. No lo hizo. Solicitó, en cambio, €œdada la gravedad de los hechos€ la apertura de una investigación en La Haya, reconociendo que uno de los cuatros delitos que tipifica el Estatuto de Roma, lesa humanidad, podría estar ocurriendo en Venezuela. Se ha minimizado ante la opinión pública el valor y alcance de esta sentencia, esto se debe a que la estridencia en el debate político venezolano ofusca y niega la importancia objetiva donde la hay, sin embargo, ese dictamen hizo cambiar la historia del derecho penal internacional y debe guardar un espacio inolvidable en el marco de la prevención en la comisión de crímenes de lesa humanidad. El pronunciamiento del juez español es un hecho de trascendencia inconmensurable, el derecho sabrá reconocer su valentía y humanidad. Después de este veredicto, el hombre recupera el aliento en su lucha contra la tiranía.

Hay esperanza.

No se necesitan mil muertos

Venezuela está al borde de un colapso civil cuyo instigador fundamental es Chávez, iniciar un juicio contra él puede que detenga la espiral de violencia. El beneficiario último de esto sería la gran familia humana. Insistimos, no se trata de hacer del tiranuelo adolescente, Hugo Chávez Frías, un Milosevic, o mejor, un Trujillo, un Gómez o un Castro, se intenta prevenir que lo sea. Sus violaciones a los Derechos Humanos por razones políticas son perfectamente tipificables dentro de la calificación de Lesa Humanidad, y, aunque reconocemos que por los momentos son notoriamente menores a otras inolvidables experiencias históricas de lesiones a la humanidad, no cabe ninguna duda que seguramente se intensificarán si no son perseguidos de inmediato.

Sería una crasa irresponsabilidad no respaldar el argumento de la prevención en el caso venezolano. Además de ser una tesis humanista, es legalista. El Estatuto de Roma, como se dijo antes, la enmarca en su normativa cuando menciona el grado de €œtentativa€ entre las responsabilidades delictivas. No es, por tanto, un argumento romántico o idealista, es un argumento objetivo, acaso aún muy sofisticado, cuya aspiración es resguardar a la humanidad de la despotismo y de su consecuencia: la barbarie.

En otras áreas de estudio como la sociología, la filosofía y la historia el argumento es impecable. Si es así en otras ciencias humanas por qué no habría de serlo para el derecho. Los juristas deberán entablar un debate agudo sobre el tema. Cualquier conclusión, insistimos, deberá convenir proteger al hombre. Los tecnicismos jurídicos deben forzosamente fortalecer la prevención. Siempre será mejor perseguir una masacre humana a tiempo, aunque se peque de apresurado o prematuro, que padecerla. Seguramente los filósofos del derecho tendrán mejores y más puntuales reflexiones que las que aquí se ofrecen para lograr una interpretación más acertada del Estatuto de Roma. No obstante, otra vez desde el punto de vista humano, nos atrevemos a sugerir que no basta con interpretar la letra de la ley (que en este caso respalda perfectamente el argumento), sino que hay interpretar su espíritu y motivación, que en este caso son prevenir y castigar los peores crímenes que la humanidad puede conocer como genero. No necesitamos mil, cien mil o un millón de muertos para determinar una acción criminal de este tipo. Necesitamos €œuno€ como sabiamente lo expresa el Estatuto de Roma. Después de la primera muerte, otras vidas pueden ser salvadas si se detecta el tipo de delito a tiempo. En Venezuela ya no son pocas las muertes, desde el 4 de febrero de 1992 son varias las centenas de muertos por motivos políticos. No se banaliza cuando se acusa de lesa humanidad al régimen chavista, se previene, y, en el peor de los casos, siempre será mejor banalizar que seguir perdiendo vidas inocentes.

He ahí el humanismoé

Después de la creación del Estatuto no hará falta alcanzar la desfachatez y el horror histórico para detectar una situación de lesa humanidad, genocidio o crímenes de guerra. Una vez identificada la tipología del crimen, comprobado el carácter generalizado de los delitos y su sistematicidad, se inicia la advertencia y se activa el derecho positivo para impedir que se agraven en cantidad y calidad. Si no fuese de este modo, entonces, ¿para qué existirían las leyes sino para contener la barbarie?

Hay que encarar los retos que la historia ofrece. Este juicio es uno. Venezuela y Latinoamérica no perdonarían su descuido. Para algunos, en términos jurídicos, el caso €œChávez€ puede que sea intrascendental, esos €œalgunos€ de seguro no son los padres ni las madres de aquellos que desde el 4 de febrero de 1992 triste e inútilmente han perdido a sus hijos. Hay que ser consistentes con los criterios que protegen a la humanidad. El objetivo último es la libertad y la vidaé, la vida de aquellos hombres y mujeres que añoran vivir en un clima de tolerancia y paz.

La ley es la poesía de los pueblos, el canto que nos narra su memoria civilizatoria. El Estatuto de Roma, al igual que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es eso y es más, es un coro a un tiempo unitario y universal que intenta proteger la libertad y la vida humana. Pretende prevenir a la humanidad del hombre, o más bien, del que ha dejado de serloé

Venezuela vive una epilepsia histórica: se atraganta o se descalabra, la aspiración es que sea la ley quien defina su destino, no las balas ni los tanques.

En el Estatuto de Roma está la respuesta al acertijo venezolano. Prevengamos, no lamentemos: he ahí el humanismoé

Gustavo Tovar Arroyo

tovarr@cantv.net

Caracas, septiembre de 2004

RAZONES HUMANAS Y EL CASO VENEZOLANO

Gustavo Tovar-Arroyo

A Henrique Capriles Radonsky

(porque Venezuela, sin duda, tiene más futuro que pasado)

I

Pregonar con el acto. Sembrar con el ejemplo. Fomentar con la actitud. El presente edifica el mañana. Pensamientos que aun siendo lugar común en el ideario civilista de la humanidad son referencia fundamental en el actual proceso de reinvención latinoamericano.

No se puede aspirar a la construcción de una sociedad en paz incitando continuamente a la guerra. Tampoco a la formación de una democracia escenificando o motivando rebeliones militares. Si se aspira la creación de una nación libre, democrática, próspera, pero, sobre todo, humana, nuestros actos deben ser acordes a nuestros postulados e ideales. Nuestra gesta comienza aquí y ahora.

Pretender libertad, esclavizando; democracia, animando la persecución política; prosperidad, arremetiendo contra la iniciativa privada; humanidad, ignorando o insultando al otro; es contradictorio e hipócrita. Si uno desea construir una verdadera democracia deberá respetar al otro y oficiar métodos que fortalezcan la institucionalidad. Si uno desea la paz debe dialogar. Si uno aspira progreso debe admitir, impulsar y premiar el libre ejercicio de todo aquel que desee alcanzarlo. Si uno desea humanidad debe comportarse como un ser humano.

Cada actividad que realicemos en el presente siembra el quehacer futuro, funda sus bases. De ahí que debamos pensar muy bien en los actos que desde hoy irán construyendo la civilización del mañana. No se puede disponer de la blasfemia ni de la violencia para reinventarnos. Cada vez que alguien intentó fundar una nación bajo las premisas del terror sucumbió tarde o temprano e hizo sucumbir todo su entorno (recordemos Napoleón, Hitler, Stalin, Castro).

El acto creativo debe ser coherente con los valores que lo inspiran: si añoramos democracia no podemos pregonar salidas rabiosas. La hipocresía entre el discurso y el quehacer, entre la palabra y el acto, forma parte de la infamia que aqueja nuestra democracia. De alguna manera tenemos que deslastranos de esa tendencia. Afincar el diálogo y la tolerancia, aunque es más tardío e invisible en un proceso de reinvención, es la manera más segura y permanente. El venezolano de fines de siglo XX y de principios de XXI sufrió un hiato histórico: dejó de dialogar, se excluyó y fue caminando /»digamos, haciendo patria/» a empujones. Con la aparición de Hugo Chávez en el escenario político, su primera aparición pública: una arremetida de balas y de tanques contra la humanidad de un grupo de soldados inocentes, contra las instituciones republicanas y contra la democracia en general, la situación se agravó. Radical diferencia a lo sucedido en la lucha por instaurar su Democracia, momentos culminantes en los que los venezolanos supieron reunirse para marchar en un solo sentido y bajo un mismo manto ideal. Hoy no existe ni siquiera la disposición de andar juntos, no se posee una visión compartida como nación ni un anhelo que figure un destino común. La reinvención venezolana es, por lo tanto, una tarea de largo aliento. Habrá que iniciar una gran conversación nacional, pero, ¿qué ideal común los concilia? Sólo a través del diálogo, no de los insultos o empujones, se descubrirá ese ideal.

II

Intentaré reflexionar sobre la humanización del diálogo latinoamericano y del venezolano en especial, pues considero que en el principio del siglo XXI la fraternidad se convierte en la angustia esencial del hombre. No me refiero tan sólo al aspecto político de la fraternidad sino también al cultural y educativo, que se han deshumanizado de tal forma que dejaron de ser mecanismos para fortalecer la supervivencia del hombre y por el contrario se han convertido en mecanismos para dominarlo.

Rescatando el razonamiento inicial en cuanto a la necesidad de que el acto presente sirva para fomentar el quehacer futuro y que nuestras actividades deben de ser un reflejo de nuestra aspiración, debemos tener muy claro que no podremos intentar humanizar a Latinoamérica, rechazando o negando a nuestro semejante. Si deseásemos una sociedad cuyo abismo cultural sea aún más insalvable, olvidémonos de reconocer y de tender puentes de diálogo hacia el otro. Simplemente, excluyámoslo.

Negar al otro es negarnos a nosotros mismos. Cuando observó a un venezolano que me insulta e intentar agraviarme, incluso, que intenta matarme por diferencias políticas, trato de reconocerme en él como parte de una resquebrajada esencia nacional. Nuestro ideario nos ha acorralado al empujón o al mordisco como forma de diálogo público. Esa es la realidad y como tal hay que atenderla.

Obviamente, si la obsesión de quien me agrede por mi manera de pensar ni siquiera le permite entender que ambos somos seres humanos con diferentes posturas políticas o ideológicas, peor aún, que ambos, como venezolanos, guardamos en nuestro pecho las mismas heridas históricas, las mismas rasgaduras y llagas, los mismos achaques y tormentos, la dificultad de entendimiento se agrava. No obstante, comprendo que su obsesión agresiva igual me incumbe, que describe el alma de mi nación y, por ende, en cierta medida soy responsable de ella. Como venezolano algo hice o dejé de hacer que facilitó el que dicha situación se desarrollara. Cada quien posee su cuota de responsabilidad, cada quien, a su modo, empotro un puñal en la espalda de la república o permitió que otro lo hiciera. No podemos acusar al criminal sin entender que mucha responsabilidad de esa criminalidad se debe a nuestro propio descuido, a nuestra propia incapacidad para reinventar la sociedad a través de la ilustración y la cultura del país.

El alto índice de criminalidad es responsabilidad compartida de cada venezolano, en principio por tolerar un sistema tan deficiente de justicia. La delincuencia en Venezuela ha penetrado en mayor o menor grado cada sector de la sociedad. No hay quien no intente pasarse de audaz y €œvivo€, atropellando a su semejante: el €œpendejo€ o amparándose del Estado para apoderarse de unas cuantas monedas de más en su bolsillo. Una sociedad tejida de esta manera obviamente debía sucumbir atragantada y en algún momento debía eructar una pseudo revolución reivindicadora del otro €œoprimido€. La anomia colectiva pronto nos llevará a la barbarie, si es que para el momento de escrito este ensayo ya no estemos sumidos en ella. No pretendo exculpar la criminalidad, pretendo descubrirme, como venezolano, en ella. Esa es Venezuela, esa es la sociedad que compongo ¿o cómo se justifica la insólita cifra de catorce mil muertos por acción de armas de fuego en el año 2006 sin acusarme a mi mismo de desinterés o desidia? A diferencia de lo que muchos opinan, ese estado de anomia y anarquía, la criminalidad feroz y entrañable, nos incumbe. Si no la abordamos pronto de manera efectiva seguramente tocará nuestras puertas.

III

Me pregunto: ¿Cómo Venezuela ha podido naufragar en semejante lodazal histórico? ¿Cómo fue posible que la bala como discurso político ascendiera a la primera magistratura y rigiera los destinos de una nación?

Ante la ceguera o desidia de muchos, en las entrañas de este país latinoamericano se fue engendrando una sociedad barbárica cargada de un resentimiento y de una rabia ancestrales; una sociedad paralela que, sin ley, pero con sus propios códigos de terror y muerte, se sobrevivió a sí misma a través del crimen. Es una realidad que estaba tejiéndose y expandiéndose en su pecho e irresponsablemente no se le detectó a tiempo. Un reto agudo del siglo que comienza radica en interpretar que ese tejido barbárico que se ha incrustado en el centro del pecho venezolano, a su modo, también es Venezuela. En lo personal, no pretendo con estas palabras desenterrarme de la barbarie /»maniqueamente/» como hacen otros, por el contrario, pretendo vaciarme en ese lodazal: arraigarme en su ferocidad estridente: soy ella. Escuchar sus gemidos es descubrir el lenguaje típico de un sector de la población, el alarido ronco y contradictorio que somos como pueblo. Nuestro lamento es la representación de un devenir que no admite matices: €œPara sobrevivir o aniquilo o me aniquilan€. Lo más deplorable es que tal condición apenas se descubre. Muchos años se perdieron para abordar y enfrentar esa sociología salvaje ahora tan íntima y enraizada en nuestra idiosincrasia gubernamental.

Muchos de estos venezolanos que han sobrellevado la barbarie como forma de vida, han alcanzado importantes cuotas de poder político y desde esa plataforma han ejercido su mando con rencor, resentimiento y deslealtad, persiguiendo al otro en todas sus formas: asesinato, chantaje, cárcel, hostigamiento y humillación, resultando esto en confrontación nacional y preámbulo de guerra civil. La barbarie, desde el poder, apenas nos señala sus tormentos, exponiendo, entre atropellos y contradicciones, entre arbitrariedades y desorden, qué es Venezuela como nación en el siglo que amanece. Para nadie debería resultar una sorpresa el elevado nivel de aceptación que mantuvo Hugo Chávez Frías durante su gobierno. Hay que entender que el venezolano se figuró en él y se sintió encarnado en su barbarie. No existe crimen, vejación ni escasez económica a la que este presidente lo haya sometido que pueda asombrarlo, todo forma parte de su ruina perenne. Desde que nació en los hondos callejones de los barrios caraqueños o en los olvidados recodos del interior del país, Venezuela siempre ha sido como el militar barinés: barbarie e imposición criminal.

Algunos pocos de ellos, los más deshonestos, los que más hambrientamente añoraban el poder, los soldados de la codicia y los babosos de la promiscuidad, asumieron la rienda del país y como era de suponer siguieron cometiendo sus ultrajes. De ahí que Chávez no haya sido nada excepcional, nada que no hubiere representado a su modo una forma de vida: era la figura arbitraria que encarnaba el estrago; Chávez era, como publicita su consigna, la personificación del €œpueblo€, cualquier cosa que esto pudiera significar.

Pero he aquí el dilema: Chávez es tan €œpueblo€ como el pérfido Carlos Andrés Pérez, la vergí¼enza andante de Jaime Lusinchi o la arrogancia devastadora e irresponsable de Rafael Caldera. También es tan €œpueblo€ como lo fue el salvajismo bananero /»pero bolivariano/» de Juan Vicente Gómez, incluso, tan €œpueblo€ como la ferocidad libertaria de Simón Bolívar, la lucidez inabarcable de Mariano Picón Salas o tan €œpueblo€ como Miranda con su casaca francesa y su peluca entre esclavos descamisados. Tan €œpueblo€ como el patético gobernador o diputado chavista, depiladas sus mejillas, pintarrajeado su mentón, enarbolando una emperifollada vestimenta en medio de la penuria y el hambre, con una estrechez moral y un desentendimiento por el sentido del ridículo simplemente abrumador.

Tan pueblo, además, como Marisabel de Chávez, vejada, humillada, escupida en su rostro por la memoria ofensiva de su blancura. O Manuela Sanz: siempre la otra. O Teresa de la Parra: la letra inmaculada que nos evoca y enaltece. O Blanca Ibáñez la desfachatez relamida. O Cecilia Matos y su anillo de diamantes, tan inmenso, tan descarado, tan pesado (como los lingotes que oculta), tan bochornosamente envanecido, que hace estallar de risa y de pena ajena cuando se le ve.

A su manera, cada uno encarna la abstracción llamada pueblo venezolano, ese ser y no ser que nos representa y nos nombra. Esa efigie que buscamos para hundirnos en su entraña y arrebatarnos y demolernos y diluirnos. Esa maravilla indómita que a un tiempo nos seduce y escupe.

El pueblo, esa ciénaga que corre por nuestra sangre y que, cuando sudamos, apesta su fragancia de mar, de tierra, de sabana y selva.

IV

Frente a la sociedad barbárica que se ha gestado en Venezuela y que apenas hemos descubierto, encontramos una sociedad sofisticada. Unas veces envilecida y burguesa, otras frívola y teatral. Tan encartonada y rígida que se quebraría de soplársele. Nunca olvidaré una ocasión en la que hice una presentación a un grupo de €œnotables€ venezolanos sobre lo que consideraba una posible visión generacional para la nación: Ser un país humanista. En la más amplia interpretación que a la palabra le podríamos dar: un país en el que se resguardase la vida por encima de cualquier oferta política o ideológica, la libertad como máxima aspiración humana y se protegiesen las Derechos Humanos como única fórmula de civismo posible. Cuestión de simplificar el lenguaje y de exponer en los términos más sencillos posibles cuál es el anhelo que por igual nos convoca a todos como pueblo. No me hacían caso. Era demasiado simple, demasiado llano /»digamos, demasiado humanista y romántico/» para poderse aplicar. Para ellos, en su abstracción y desprendimiento intelectual, la solución eran cifras, esquemas, programas, macro economía, teorías. Fue sorprendente; más bien, abrumador. En medio de la presentación, los escuché narrar sus peripecias como políticos profesionales, los encantamientos de legislar, las sutilezas de la administración pública, la fascinación de ser diplomático y representar al país. También, en ocasiones, dialogaban indistintamente en francés, latín, alemán, inglés y hasta en árabe. Quedé pasmado no sólo prestando oídos a sus anécdotas sino a su nivel de enajenamiento. Era obvio: esta gente no tenía la menor idea del otro país, de la sociedad barbárica que había crecido en su pecho; esta gente no sabía que el venezolano común suda, se embarra, apesta y, por supuesto, sangra. Todos estos sufrimientos, para los €œsofisticados€, eran calvarios abstractos, lecturas de poltrona, academia o periódico, objeto de estudio universitario, jamás la realidad desgarrante que los representa.

He ahí otro modo de excluir y negar al otro: en el olvido, en el ascoé

Entre los venezolanos sofisticados que acabo de mencionar y los barbáricos de los que hablé antes existe una brecha social tan profunda e inasible que les impide si quiera acercarse para reconocerse. Intentaron hacerlo pero se advirtió como el encuentro estuvo plagado de desprecio; el venezolano, barbárico o sofisticado, no logró reconocerse en el otro y entender que es uno mismo en la diversidad. Es cuestión de verse al espejo. Cada venezolano en mayor o menor medida posee su lado barbárico y su lado sofisticado. Sí, cada venezolano lleva su Chávez: despotismo llanero; su José Vicente Rangel: cinismo prostituto; su Lina Ron: la violencia como idilio; su Teodoro Petkoff: izquierda añorada; incluso, su Arturo Uslar Pietri: la letra como cosmos; su Jacobo Borges: monstruosidad conceptual en el trazo; su Ruddy Rodríguez: belleza e inteligencia inmanentes; o su Simón Díaz: lirismo que de tan venezolano es universal. Esto es, cada venezolano lleva su cuota de cruz o de aura por dentro. Develémoslo, aceptémoslo y, cuando sea el caso, domémoslo. Si no lo hacemos jamás podremos revelar al otro. Una vez que comenzamos a vernos en el otro, incluso en aquel que nos insulta e intenta aniquilarnos, podremos comprender mejor nuestro dilema nacional para abordarlo con conciencia y sensatez. La reconciliación /»aunque algunos se empecinen en impedirla/» debe comenzar por descubrir el lado barbárico o sofisticado que Venezuela ha gestado en su ser y que lleva ínsito en su imaginario colectivo. Hay que tener la tolerancia y la responsabilidad suficientes para echar una mirada sobre nosotros mismos como cultura, sin melindres, sin pavores, sin ascos, y concebir nuestra humanidad deforme y enlodada.

Ojearnos y tantearnos sensualmente para comenzar de modo paulatino el diálogo venezolano de los próximos cincuenta años. Uno al otro tendremos muchas cosas que decirnos y que mostrarnos, ¿por qué no?, también qué desenmascarar. Somos dos hermanos, dos amantes, dos amigos, que hemos vivido separados, aunque en una misma habitación, por demasiado tiempo. Hacer el amor es el primer acto humano de supervivencia ¿cómo lo harán los venezolanos de la fractura? Obviamente: desnudándose de prejuicios y de rabias, mirándose a los ojos, conquistándose en el piel, fusionándose en el vientre, sembrándose en la entraña /»lava erótica/» valores de vida y libertad para concebirse en una visión común, en un futuro encarnado, en una hija: la república.

No será fácil y habrá seguramente quienes por razones infinitas, justificadas o injustificadas, mantendrán su obstinación en preservar excluido al otro. Sin embargo, habrá que seducir a ese otro negador si deseamos recuperar nuestros romances culturales y, dialogando, iniciar la urgente reinvención: €œVen, acércate, roza mi pecho, pósate en él, descubre sus cicatrices y sus heridas, observarlas: son las mismas tuyas, ¡lámelas sin resquemor! Sí, venezolano, venezolana, abárcame, seamos la piel original: Venezuela sin adjetivos€.

Los procesos históricos venezolanos, siempre, ante la emersión de un nuevo grupo al poder, han mostrado como los grupos emergentes intentan excluir o aniquilar al otro en su afán de permanencia y control. Desde la Independencia hasta Pérez Jiménez, cada nueva emersión significó un repudio, una exclusión. Con la democracia esta situación mejoró, pero no fue suficiente, ya vimos, llegó Chávez al poder e intenta excluir o aniquilar todo aquello que no le obedece.

La democracia venezolana no supo reinventarse en su momento para forjar una masiva ilustración que asemejara e identificara a todos como nación y le permitiera integrar sus diferencias; no supo borrar las fronteras entre los €œsofisticados€ y los €œbárbaros€; no supo tampoco seducir para fusionar sus ideas en una visión común. Dos Venezuela anduvieron sus propios rumbos. He ahí el fracaso: en el distanciamiento concebido en la médula de la sociedad venezolana que devino calamidad y, otra vez, al momento de escribirse este texto, la hace transitar al borde de un nuevo abismo de exclusión histórica.

¿Qué hacer?

Mirarse al rostro sin ascos ideológicos. Mirarse a secas: reconocernos en la piel.

V

Las metáforas de guerra ofrecidas por el discurso chavista en contra de todo aquello que fuese u oliese a otro €œopositor€ cosecharon sus frutos de violencia. El verbo irritante y divisionista zanjó un arañazo en la cultura venezolana y profundizó la brecha que la dividía como sociedad. Pareciera que el esfuerzo frenético por fragmentar ganó pronto muchos adeptos. A las dos Venezuelas que hemos mencionado: la barbárica y la sofisticada, los arqueó la nausea cuando se miraron al rostro y, al final, asco humano, se insultaron. Si la aspiración es recrudecer tal desmembración se debe responder con el mismo lenguaje violento y agresivo del que ofende; si por el contrario se desea la articulación humana de la sociedad, se debe actuar con la bondad, determinación y magnanimidad del humanista. En el amanecer del siglo XXI Venezuela apremia de verdaderos humanistas. Una afluencia de ellos la librará del camino rabioso que unos pocos desean para la nación como destino. Hoy en día sólo podemos responder con humanidad a la violencia, y la humanidad comienza por la aceptación de las ideas, creencias y condiciones de vida del otro: por la tolerancia.

Ahora, ¿qué se hace frente a un otro que nos ofende y que arremete contra nosotros? En ese sentido se impone la memoria universal (por comprensiva) de Jesucristo, su inagotable capacidad de amar a través de la entereza espiritual y de la resistencia. Su Pasión ofrece un fruto de paz al ser humano aún después de dos mil años. Su resistencia corporal inmortalizó su espíritu.

He ahí uno que sembró con el ejemplo y cambió la historia.

No se pretende la consagración religiosa de toda la sociedad, tampoco la inmolación de cada miembro de la familia venezolana, se aspira, en la medida y alcance de nuestras propias posibilidades, seguir su ideal de entereza y comprensión por el otro, incluso, a pesar de que éste nos intente humillar y agredir. Unos, aquellos cuya formación e integridad espiritual sean más elevadas, habrán de ofrecer más mejillas, habrán de aprender a cargar la cruz con más dignidad, pero, sobre todo, con más humanidad genuina si deseamos el concilio. Eso es resistencia humana y se diferencia en rigor y ejercicio de la irresponsable ambición de sangre que, por el contrario, siempre ha embelezado a unos cuantos, por suerte, los menos.

La resistencia no significa practicar una insensibilidad calcinante y obrar el martirio para santificarse sometiéndose a toda suerte de pruebas inclementes. No, Venezuela no requiere santos, requiere ciudadanos con vocación humanista, lo cual no significa que no defendamos nuestras convicciones e ideales, significa materializar esa defensa con honor y dignidad, empleando razones humanas, no balas. Recordemos: nuestros actos de hoy forjarán el quehacer del mañana, si queremos democracia no podemos comenzarla aniquilando al que no piensa como uno, suprimiendo al otro. Si deseo democracia debo compartir mis convicciones a través del diálogo franco con el otro e intentar que éste me comparta las suyas sin arañazos, con convicción humanista.

Democracia es diálogo. El diálogo democrático es de ideas, convicciones o visiones que uno tiene del país. La política usa el diálogo para ganar adeptos en torno a la idea, convicción o visión que se tiene del país. Cuando quien ejerce la política emplea el diálogo, esto es la palabra, para promover el golpe, el arañazo o el empujón, el diálogo se solidifica y disminuye, se convierte en bala. El diálogo de las balas es guerra; no, democracia. Quien emplea la política para invalidar, suprimir, acorralar o aniquilar al otro no promueve la democracia, incita al diálogo de las balas, a la guerra. Quien incita al diálogo de las balas como forma de hacer política es un criminal. Si no se le detecta a tiempo y se le neutraliza el país sucumbe. Es lógico, por humano, pensar que el agredido buscará defenderse de la agresión. Siempre ocurre. Depende de su capacidad de resistencia y de su civismo su tipo de respuesta. Sin embargo, el ser humano se hastía; uno no tiene manera de saber cuándo un pueblo dejará de resistir. He ahí lo, a un tiempo, ejemplar y peligroso del caso venezolano: lo sociedad civil ha resistido cívicamente a la agresión, pero no sabemos hasta cuándo.

El pueblo venezolano está dando un ejemplo histórico de resistencia civil. Aunque este ensayo es una invitación sincera a que esto continúe siendo así, es tan bien un grito desesperado y urgente para que aquellos que ejercen el poder y la política interrumpan el diálogo para promover la guerra. Ya basta de hostilidad encubierta o abierta en el ejercicio del diálogo público. Es aberrante y criminal actuar así. No tiene sentido promover las balas, se atenta contra la nación y se desafía irresponsablemente el espíritu democrático de un pueblo.

¿Quién inicia el cambio de las metáforas?

VI

A pesar de la sangre derramada, de la violencia generalizada, a pesar del discurso ensordecedor y mortal de balas y de tanques que representó desde su primera aparición pública el 3 de febrero de 1992 la figura del teniente coronel Chávez, sus arrebatos no fueron nada que pudiera sorprender al venezolano. í‰sa es nuestra forma de sobrevivir: €œasí somos€. De hecho, la paradoja radica en que para un sector lo que resulta curioso, incluso ingenuo o banal, es que exista quien acuse y persiga judicialmente tales delitos.

Haciendo una digresión sobre este punto, me siento compelido a censurar que, incluso, para muchos analistas políticos, supuestamente con sensibilidad social, las muertes del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992 como las posteriores del 11 de abril y 6 de diciembre de 2002, entre otras tantas fechas, como no alcanzan la brutalidad del Holocausto, no son tan €œgraves€ como para proceder judicialmente contra el felón. Es extravagante e inverosímil, pero cierto. Me preguntó: ¿quién tiene la medida en litros de sangre de tristeza que resultará en la posibilidad de acusar de inhumano y fraticida a aquél que por apetito €œpolítico€ intenta empotrar en el alma de su pueblo un discurso rojo de balas y de tanques? ¿Quién tiene la potestad de perseguir al que lesiona la humanidad de aquél que ve caer a su hijo por enarbolar una bandera tricolor y gritar €œviva la democracia€ si la memoria de la infamia olvida y, por supuesto, exculpa?

No deseo crear sobre este punto un diatriba estéril sino reflejar un asombro íntimo, o mejor, un desconsuelo. No es sofisticación ni melindre, es afección humana. Cuando uno ha convivido con la muerte política, sí, cuando la bala artera de la perversidad ideológica se aloja en el centro de la frente de quien uno ama, y le tumba y le ciega para siempre, uno se hinca y lame el polvo, la incredulidad y el alma atónita ensanchan su vergí¼enza y el dolor se entraña en el pecho hasta la asfixia, uno descubre cómo es aquello de que la muerte es un tormento que desgarra instante a instante, que la muerte es de adeveras, que no es una ficción de lectura ni un espejismo anecdótico, que no se justifica, que se lamenta, a pesar de las explicaciones sesudas, a pesar de los consuelos enigmáticos, la muerte chilla dentro de uno y aturde hasta la sordera.

La muerte política, por peregrina y rara, igual que la muerte religiosa o racial, son las hijas mayores del peor odio: el abstracto.

Se vocifera que tal tipo de muerte no es nada nueva en nuestro itinerario histórico de persecución política, que regímenes anteriores, incluso democráticos, también persiguieron y asesinaron a activistas de oposición en la Venezuela del bipartidismo democrático. No lo dudamos, de hecho lo condenamos duramente, sin embargo, el que aquello haya sucedido en el pasado no justifica que en la actualidad suceda y que en esta nueva ocasión se intente exculpar la fechoría y el crimen político so criterio de recurrencia histórica. Esa posición es de una extravagancia moral tal que asombra. Si en el pasado no se accionó judicialmente contra la opresión política no excusa que en el presente, si pretendemos una sociedad más humana para el futuro, no se haga. La nación que deseamos cosechar mañana se siembra hoy. La impunidad o el indulto de ayer nos han costado el desmadre judicial y la anomia del presente. Esta práctica no puede continuar así.

El intelectual venezolano /»no sé si embriagado o lagañoso/» ha ido perdiendo la capacidad de asombro ante el crimen. En ese sentido, recuerdo algunas inquietantes opiniones de €œsesudos€ opinadores de oficio venezolanos, de lo más identificado y granado del pensamiento nacional /»aunque no me atrevería a decir que en el tema particular de los derechos humanos/», como son Teodoro Petkoff o Tulio Hernández. Después de saber que estos intelectuales opinan que Chávez no representa mayor criminalidad y que sus actos no son /»cuando menos/» motivo de juicio penal, uno descubre mucho del padecimiento de Venezuela en la escasez crítica y en el resentimiento ideológico que ánima a nuestra intelligentsia. Su lucidez intelectual los ha encandilado de tal forma /»frente al espejo/» que les ha hecho olvidar el embarrado y lagrimoso rostro humano de nuestra tragedia. Completamente arrebatados por ideologías atávicas (que toda sangre derramada perdonan y justifican), son incapaces de fiscalizar con sus ideas la felonía cuando ésta existe. Escribo esto con el mayor respeto por ambos intelectuales, pero también con la urgencia generacional de poner en su sitio mucho del delirio, mucho de la fantasía y mucho de la manía incorregible de la izquierda latinoamericana que ellos encarnan. A lo mejor €œponer en su sitio€ no sea la más feliz de las frases para debatirlos, quizá deba escribirse alguna menos altisonante (o menos arrogante), no obstante, tal frase muestra un sentimiento, una irreverencia y, además, una necesidad de réplica con el pensamiento que ha guiado la Venezuela de los últimos treinta años, y que sin duda nos ha hecho naufragar en este desvarío histórico que en el principio de siglo tanto nos perturba.

La crítica venezolana deberá de rescatar la capacidad de ver, sin tergiversar, de mirar a secas. Ya basta de resentimientos atávicos, de prejuicios o de tabúes ideológicos que no han hecho sino distraernos de los verdaderos problemas y aproximar a la cultura venezolana al oscurantismo medieval (de ahí, sin duda, la urgencia mesiánica del líder todopoderoso, del cura redentor, de Chávez; incluso, de la Inquisición chavista). Si deseamos guiarnos hacia la modernidad deberemos de ser capaces de ver y razonar, sin prejuicios, el presente. Atenderlo en su desgarradora realidad y reconocer, entre otras cosas, que la sangre derramada demencialmente por un pueblo no enaltece, hiere. Es hora de deslastrarse de la superstición y reivindicar la ilustración y el humanismo. Esta es otra siembra futura: una crítica intelectual más realista y menos supersticiosa, como la que nos ha tocado expiar desde los años setenta en Venezuela.

Me he extendido en la digresión para avivar un debate urgente en el pensamiento venezolano, en particular, sobre la función del intelectual en la aspiración de modernidad. Algo debemos salvar y hacer florecer en la memoria de su hundimiento y ocaso.

VII

El hombre ha evolucionado y ha desarrollado mecanismos para la convivencia social. El diálogo es la primera plataforma de la convivencia, si fracasa, la opción ineludible es la ley y la justicia. No habrá jamás reconciliación sin justicia. La impunidad es otro antecedente de la barbarie. Hay que entender que la justicia no es venganza. La justicia, para aquel que no le teme, es civilización.

La ley es la poesía de los pueblos, el canto común y articulado que sueña la supervivencia de una nación. Ceñirse a ella, es fomentar la convivencia; irrespetarla, un suicidio. Se equivocan aquellos que postulan €œreconciliación€ obviando los crímenes del pasado. Perdonar la atrocidad bajo el argumento de la paz es debilidad moral. Uno no negocia la justicia. El virtuosismo está cargado de clemencia, sí, pero no de raquitismo espiritual. El humanista no debe jamás temerle a la justicia, debe propugnarla. Defender los Derechos Humanos de aquellos que nos agraden es virtuoso, pero si defender los derechos de aquellos que nos agreden atenta contra nuestras propias vidas, hacerlo, es inmoral. Se debe fomentar la defensa de los Derechos Humanos del criminal, pero sin menoscabar los derechos de quien no lo es.

Por el bienestar de la mayoría, la minoría criminal debe ser perseguida con todo el rigor que la ley ofrece. Ante la perturbación o el vejamen personal la respuesta siempre debe ser la que una república consolidada nos ofrece los mecanismos civiles o jurídicos que nos protejan. Ajusticiar por cuenta propia, aniquilar al otro porque sentimos justificadamente o injustificadamente que nos ofende o perturba es parte de la barbarie a la que hicimos referencia anteriormente. No podemos responder a la guerra con más guerra, insisto, eso es barbarie, anarquía. La ley es la única herramienta material del humanista.

En la actualidad, la humanidad se protege a través de lo que se conoce como la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Una serie de principios vitales (como la vida, la dignidad, la honra, entre otros) que básicamente protegen al hombre del hombre, o del que ha dejado de serlo. Cuando uno defiende los Derechos Humanos del otro defiende a la humanidad en bloque, defiende la vida, la supervivencia de la raza humana: se defiende a sí mismo.

La defensa de los Derechos Humanos hay que llevarla hasta sus últimas consecuencias a través del diálogo, esto es, a través del reconocimiento del otro. Uno debe evitar hacer al otro lo que a uno no le gustaría que le sucediese a sí mismo. A toda costa hay que evitar el empleo de la violencia o de la agresión como modo de reconocimiento del otro, aun cuando nosotros estemos siendo agredidos.

La ley que es el canto poético de un pueblo legitima nuestra defensa bajo ciertos presupuestos, hay que sujetarse a la ley para actuar y defenderse. La ley no es un grito, es un coro, una convención de voces que nos agrupa y permite reconocernos. Usémosla para evitar la barbarie y la guerra.

El gran aprendizaje en la historia de la opresión y del despotismo radica en no flaquear en la lucha contra la impunidad. El diálogo y, en su defecto, la ley y la justicia son las herramientas que resguardan la paz de una nación en crisis. Por ello, cuando hablo de humanismo, de paz, de reconciliación o de convivencia jamás dejo de pensar en la poesía más hermosa que jamás se haya compuesto por la humanidad en bloque: la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Esa es la ley de leyes, su aplicación garantizará la permanencia y elevación del espíritu del hombre. No dejemos de pensar en que aún cuando el criminal tiene derechos, el que no lo es los tiene en la misma medida. Lo escribo sólo porque comúnmente esto suele olvidarse. El hombre honesto tiene derechos. Es esencial, para la supervivencia de la civilización, reconocérselosé

VIII

Dos vías existen para reaccionar ante un acto de violencia emanado del poder gubernamental: la resistencia humanista (con acciones civiles y de justicia, protestas, marchas, musicales, campañas formativas, etc.) o la violencia. La primera originará a la larga un porvenir mejor; la segunda derivará en una guerra. Un humanista no puede responder a la violencia con más violencia, debe responder con conciencia e ilustración.

Pese a la crisis política que atraviesa Venezuela no ha explotado una confrontación violenta de mayor envergadura porque un sector de la población venezolana, la afectada por las arremetidas encolerizadas de Hugo Chávez y de sus acólitos, ha resistido de manera humanista a la vejación y a la persecución. El pueblo venezolano ha mostrado una elevación humana y pacifista única en su género. Ante toda suerte de vejación proveniente del poder político la sociedad ha respondido con acciones civilistas y de justicia, con democracia y paz. Y aunque en apariencia muchas de sus actuaciones han sido improductivas, pues no han logrado el fin de desmontar el aparato arbitrario y hegemónico de Chávez, el resultado invisible ha sido una creciente concienciación y una aspiración materializada por la libertad, que se percibe indoblegable. A la postre la voluntad humanista prevalecerá y vencerá a la hipocresía y al mal. En ese sentido, la marcha humanista de la sociedad venezolana será irreductible y no pasará mucho tiempo en que se organice y obtenga de modo heroico una gran victoria en su permanente tránsito hacia la libertad y la paz. Este ensayo forma parte de ese esfuerzo y de la aspiración de libertad. Las caras del diamante cultural venezolano se comienzan a agrupar; pronto la luz permeará todos los extractos.

Pocas naciones en la historia latinoamericana merecen tanto respeto por su resistencia cívica a la hegemonía del poder como lo merece la venezolana en los tiempos chavistas. La historia la premiará. El ingente despotismo ha sido correspondido con una sorpresiva e ingente tolerancia. Civismo ha sido siempre la respuesta a la vejación (claro, con ciertos lamentables bemoles). Eso genera una profunda esperanza en el porvenir, ya que, a pesar del descuido, del desconocimiento, de las marcadas diferencias materiales y de la exclusión, el venezolano se ha comportado /»y todavía se comporta/» como un pueblo bondadoso y humano.

Ese venezolano bondadoso y humano incorpora a la realidad nacional una tercera Venezuela: la cívica, que fue la que el 11 de abril de 2002 defendió con su vida la dignidad y la libertad en contra del voluntarismo chavista; la misma que el 13 y el 14 se agrupó a los alrededores de Miraflores para defender a cualquier costo la democracia del ultraje insurreccional. Aunque con pareceres diferentes, esa tercera Venezuela: la cívica, liberal y democrática, defendió /»considero que sin percatarse de la real magnitud de lo que hacía/» valores no ideologías políticas. Impuso la racionalidad republicana y la cordura. De hecho, mientras dos irreconciliables venezuelas: la barbárica y la sofisticada se debatían a mordiscos y empujones por una silla, la Venezuela cívica permaneció en la calle haciendo historia (cualquiera que fuera el bando) en defensa de la república y la paz. Sin armas, con presencia masiva, o mejor, con voluntad humanista y liberal.

Esa es la Venezuela que hay que rescatar del barro, de la petrificación y del extravío. Esa es la Venezuela que tiene la titánica tarea de reconciliar a la barbarie y a la sofisticación y de borrar sus facciones extremas. Esa es la Venezuela que debe redescubrirse, viéndose a los ojos, para reenamorarse y, sólo así, reinventarse.

Será un tránsito imperfecto y difícil ya que, llegado el punto de la reconciliación, se hará urgente la aplicación de la ley contra aquellos que la corrompieron humillando a su semejante. La ley que nos une y nos señala como Estado debe ser la misma que nos agrupe como cultura. Fuese cual fuese el delito, hay que castigarlo, no se puede abusar de la paciencia del pueblo, la anomia será fatal. Recordemos que el venezolano es un ser dual: sofisticado y barbárico, no hagamos florecer el lado oscuro de su barbarie porque no quedará piedra sobre piedra. Si bien el venezolano ha resistido, en él subyace mayor que ninguna otra virtud la libertad. No vacilará en defenderla. Es su don ancestral. El delito atenta contra la vida y la libertad. Pensar que el venezolano seguirá soportando tanta impunidad es de una ingenuidad supina. Estamos al borde de una implosión social, para impedirla habrá que determinar responsabilidades individuales y estatales a ciertas barbaridades cometidas. De no hacerse, nos arruinaremos.

Es el momento culminante para dar el ejemplo: sembremos justicia.

IX

El afán de Hugo Chávez de circunscribir a un pueblo a sus antojos y apetitos circunstanciales, enceguecido quizás por sus muy particulares cualidades comunicativas, derrumbó su sueño. Con su caída, también cayó una esperanza, la de aquellos que se figuraron en él y que sintieron a su voz retumbar a través de la garganta del militar. Voz barbárica cuyo contenido de balas y de tanques, a pesar de que nos cimbró como nación, nos señaló una angustia genuina y nos puso al borde del colapso.

La hostilidad encubierta chavista, disfrazada de buena voluntad, hizo florecer las peores miserias del venezolano y nos colocó a unos frente a otros, enceguecidos y rabiosos, para dirimir un conflicto abstracto, sin duda imaginario, de opresores y oprimidos. En Venezuela no fue la opresión lo que nos hizo zozobrar como nación, fue la desidia y la inmoralidad. Exacerbar ánimos enfilando al pueblo a una confrontación de clases es de una hipocresía tal, de una maldad tan desmedida y, ¿por qué no?, de una cobardía tan memorable, que el levantador de esta ventisca deberá ser señalado históricamente por su vileza. No obstante, resulta vital que la respuesta a esta ignominia no enfile baterías violentas en sentido contrario. La resistencia es un acto de humanismo que nos librará del mal peor y nos enfilará con coherencia hacia al futuro. El que algunos pretendan hacer de la guerra el crisol de la cultura, no significa que se deba responder a semejante irracionalidad con guerra. De ahí que bajo ningún respecto sea prudente ni sensato atizar el fuego barbárico venezolano. De suceder todos perderemos, la sangre venezolana será inútilmente derramada y una nueva llaga histórica rasgará nuestra alma; para curarla requeriremos del concurso de varias generaciones.

Las señales de que esto puede acontecer son cada día más claras. El chavismo obra hasta la obstinación para que ocurra el desmembramiento. Una suerte de enajenación se ha apoderado de sus mentes y les ha impedido mirar al hombre al rostro. Ya no dialogan con el venezolano de la calle, perdidos en un delirio ideológico, intentan dialogar con las eras paridoras de corazones históricos. Andan absolutamente enajenados, se han deshumanizado y la abstracción delirante los ha obnubilado. Semejante al error de la sofisticación venezolana, se han olvidado que el venezolano suda, se embarra, sufre, se duele, apesta y cada día con más frecuencia muere de hambre.

He ahí el dilema que asecha: la enajenación de los espíritus embebidos de historia que ha gobernado a Venezuela en los últimos veinte años ha olvidado al hombre, se ha deshumanizado.

Insisto: hay que rescatar el humanismo.

X

En este amanecer crítico de siglo cuánto más estemos dispuestos a resistir sin responder a la violencia con violencia, para fomentar con nuestros actos de hoy la nación del mañana, medirá nuestra propia grandeza humana y garantizará nuestro mejor destino.

Urgen espíritus enormes para librar la batalla contra el rencor, la barbarie y la sofisticación enceguecida. La elevación ética y la comprensión humanista serán los argumentos de la resistencia ante el ultraje. Cualquier ejercicio de transición histórica deberá de estar colmada de humanidad y de tolerancia. Hay que desvestirnos de ideologías y vestirnos de valores humanos que aspiren a la supervivencia del hombre. No es tiempo de quimeras y supersticiones, es tiempo de sensibilidad y de mucho realismo. Hay que desprenderse de la abstracción y rescatar el roce, el contacto, el sudor. Debemos mirarnos nuevamente al rostro. Disfrutar de la vista. Somos uno. Nuestras arrugas, úlceras y dolores nos señalan y reconocen como cultura. Reinventémonos a través de la comprensión y de la cercanía: lo que le ocurre al vecino le ocurre a uno en cierta medida. Hay que rescatar a Venezuela del fango del oscurantismo, hagamos de la ilustración una bondad compartida: frente al espejo somos seres de barro ¿quién nos redime del lodo sino nosotros mismos?

Que la comunicación no sea un ejercicio de abstracción intelectual. Nunca dejemos de saber que el venezolano que se duele, que apesta y sangra es uno mismo. Manchémonos, apestemos, sangremos con él, sólo así podemos rescatar a Venezuela de sus cenizas: hay que ser el otro. Habrá que elevar nuestro espíritu para dar el ejemplo histórico de la convivencia. La infamia ha legado a nuestra generación una monumental prueba de rigor humanista, librémosla con grandeza espiritual. Hemos adelantado mucho en el transitar de nuestra historia, muchas heridas, muchas llagas, mucho mal aliento nos constituyen, no sintamos nausea por nosotros mismos, eso sería desmembrarnos como nación, no hace falta rescatar la memoria de los mordiscos para, devorándonos, comprobar que somos una misma piel, un mismo sudor, una sangre: un alma. Sería completamente inútil un esfuerzo en ese sentido, la violencia aniquila no acrisola.

El principio es la mirada; inmediatamente después, la palabra. El arco o la lira, a decir de Octavio Paz, definirán nuestra fatalidadé

Caracas, junio 2004

Gustavo Tovar-Arroyo