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La ebriedad ineludible

Una excelente idea

No sé si sea atinado escribir ebrio, pero yo me permito toda licencia: a diferencia de las aspiraciones de otros no soy modelo de mi tiempo, soy –más básico– un hombre de mi tiempo. Es decir, uno de los que ha combatido y padecido una dictadura en toda su ferocidad y despotismo. No le temo entonces a mi destemplanza, no necesito el voto de nadie en unas elecciones fraudulentas, así que escribo como estoy y que quien me lea sepa que soy y sufro a Venezuela tanto como él (o ella).

Mis detractores: los alacranes, los bachacos, los oportunistas, los colaboracionistas y los chavistas me acusan de supuesta amargura mientras me río de ellos.

Acaso escribir ebrio no sea atinado, pero es excelente idea.

Me asemeja a ti

La ebriedad nos iguala porque en el bullicio la elocuencia del ebrio se recrea y libera, esparce sentimientos y razones de manera insubordinada, sin otro límite que nuestra algarabía o nuestra rabia. Los venezolanos pese a toda desgracia –ebrios o no– recreamos y liberamos nuestra elocuencia, decimos lo que nos viene en gana. Como vemos, decir o hacer lo que nos da la gana no es sólo característica de los dictadores, también lo es de sus víctimas.

Por eso, escribir ebrio y mentarle la madre –a gritos– a nuestro infernal tiempo no es desatinado, es elocuente: muestra el rugido de una era.

Los santurrones y los beatos que se persignen, yo sonrío.

Bailarinas de la crueldad

Sonreír es un elemento fundamental de la ebriedad. Sonreír y llorar. Los venezolanos obviamente, ebrios como estamos, sonreímos o lloramos ante la calamidad chavista. Algunos preferimos sonreír, la mayoría llora. Tienen razones de sobra para hacerlo, son esclavos del socialismo del siglo XXI. Sí, esclavos: les sirven de comer migajas de elecciones y se abalanzan miserablemente sobre ellas. Son, además, limosneros de libertad. Estiran la mano a ciegas.

Espectáculo elocuente, tan elocuente como nuestra tragedia de hambre, enfermedad y prisión. Los muchachos de Fedecámaras son las bailarinas de la crueldad.

¿Cuántos ceros le han quitado al paupérrimo bolívar chavista?

La sensatez del ebrio

Una persona ebria se supone que lo que dice son pendejadas. No estoy tan seguro, en un país como Venezuela con un dictador cruel –pero bobo– que lo único que dice son pendejadas, cualquier otra pendejada que se diga en realidad no lo es. No hay pendejada que se compare a las que diariamente y de manera profusa dice el predilecto de Chávez.

En una jungla cuyo tirano sólo dice y hace pendejadas, escribir ebrio es un acto de sensatez. Las futuras generaciones –no las esclavas– leerán al ebrio no al pendejo.

El pendejo fue un cruel dictador; el ebrio, un venezolano a secas.

Un tiempo herido

Me encantaría saber qué estás pensando en este momento de la lectura. Los ebrios hablan y se escuchan entre sí en la borrachera. Imagino que sucede lo mismo cuando los ebrios se escriben y se leen entre sí. Por eso escríbeme, yo te leeré y espero sea así viceversa. Cantemos juntos, riamos pese a todo, enloquezcamos de felicidad, bailemos, y si es necesario, lloremos. Seamos seres reales de nuestra era, que otros sean falacias y apoyen elecciones fraudulentas.

Tú y yo jamás. Nosotros somos la realidad, somos el sufrimiento y la rebeldía, somos un verdadero sueño de libertad.

Somos los hombres y mujeres –ebrios– de un tiempo herido.