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El futuro es ella

Oficio de maga

Creo que se llamaba Isabel o quizá Isabella, no lo sé y probablemente a los efectos un nombre no es lo relevante, aunque para mí sí lo sea por razones personalísimas. Sé que es venezolana, que intentó estudiar medicina en la Universidad Central de Venezuela, pero en ese caos que es el país decidió por Boston como destino, allá estudió una de esas carreras de magos o alquimistas que convierten metales en invenciones delirantes.

Venezolana, bella, lúcida, maga, creadora de artilugios fantásticos…, ¿será posible? Me acerqué para constatar que ella fuera verdadera.

Y sí, sí lo era.

Obrar milagros como Lázaro

De soslayo escuché que trabajaba en una tecnología robótica de cirugía asistida, sí, uno de esos artefactos inverosímiles que ni Borges fue capaz de imaginar en sus Ficciones, y que, a diferencia de la poesía o la pintura, no sólo sublimaba vidas, sino que las salvaba. Es decir, ella, además de venezolana, bella, lúcida, maga y creadora de artilugios fantásticos, también obraría milagros con su “creación”.

Milagros no imaginarios, milagros humanos que, como Lázaro, se levantarían de la muerte por la milimétrica obra milagrosa de un robot médico.

¿Venezolana? Sí, es venezolana.

Prodigiosa y genial

La curiosidad me flagelaba, no lo niego. Tenía que entender con exactitud –poéticamente quirúrgica– como una venezolana tan joven podía estar involucrada en semejante proeza: ¿qué hacía, cuál era su rol, cómo funcionaba ese artilugio redentor, obraba milagros como se proclamaba públicamente? Una a una, con paciencia ascética, ella fue contestando mis indagaciones y aclarando mis dudas. Nada quedó sin ser respondido, por cierto, con una seguridad a un tiempo prodigiosa y genial.

La exactitud quirúrgica del aquel ingenio milagroso libraría de la oscuridad última a decenas de miles de vidas. Sus manos metálicas llegaban a dominios inabarcables del pulso humano.

La medicina ama a la humanidad.

Aplaudir la trascendencia

Quedé maravillado, en especial cuando ella me aclaró que su misión en la creación de aquel acto de encantamiento robótico –salvador de vidas– era el de gerente de proyecto. Confieso que no me levanté y aplaudí de pie por evitar escándalos interpretativos. Debí hacerlo. Si uno se levanta y aplaude ante una voz, una actuación, una interpretación, una acrobacia o una danza, ¿por qué no hacerlo ante una creación humana de semejante trascendencia? Insisto, debí hacerlo.

Me sorprendió que el prototipo del robot, llamado –contradictoriamente– Hugo (nada es perfecto) se estaba probando en Chile, Panamá y la India.

Reflexioné: ¿y Venezuela?

Un despertar generacional

Ella, no sólo maga y obradora de milagros, meditó en un soliloquio tan inteligente como profundo sobre las exigencias que tenía la juventud venezolana ante los desafíos que el mundo de hoy imponía, explicándome con afinada madurez que el exilio acaso haya provocado un despertar generacional que no habría sido posible de haberse quedado a vivir en Venezuela. Me confirmó que como ella hay muchos que están incubando ideas para desarrollar América Latina.

Pude haber aplaudido de pie de nueva cuenta, pero no lo hice. La buena noticia es que el ímpetu creativo y emprendedor de la juventud venezolana está reinventando al mundo.

En silencio, mientras escribo, aplaudo.

El futuro es ella

En la Venezuela del siglo XXI, mientras unos criminales asesinan a la nación, una joven caraqueña participa en un proyecto que salvará miles de vidas en el mundo. Paradoja fatal que me hace creer aún más en el país que seremos después del chavismo, pero que también me confirma la inverosímil ruina padecida. Mientras los venezolanos sigamos creyendo, soñando, emprendiendo e ideando una mejor civilización y participemos activamente en crearla, seguimos vivos.

El futuro es ella. Sí, ella, y millones de ellas, venezolanas, lúcidas y emprendedoras, que gerencian por donde andan el proyecto más trascendental que puede haber: un mundo más humano y libre.

Y magas, y alquimistas, lo están inventando…