Articulos

El Escalofriante Silencio Opositor

La Venezuela en la que creo

No soy de los que dispara desde la cintura. A veces me provoca, pero no lo hago. En el convulso tiempo venezolano, trato ante todo y pese a mis sátiras y mordacidades, ser ecuánime con mis consideraciones críticas.

Si considero que hay que reconocer valor, lo hago; si considero que hay que ser crítico, lo soy; y si considero que me equivoqué y debo rectificar, rectifico con humildad.

Esa es la Venezuela en la que creo, la que debate.

El más tenue roce

De un tiempo para acá he sido particularmente cuidadoso. Procuro no polemizar ni abonarle más ira a la ya bastante inflamada frustración venezolana. Tenemos el alma a flor de piel y el más tenue roce, por más leve que sea, enciende alaridos y lamentos.
Todos comprensibles, por cierto, así está el país de herido y decepcionado.

Entiendo que el enemigo es el chavismo. Sin embargo…

Otro guardaespaldas de Chávez

El acto de corrupción más siniestro de la historia de América Latina no lo representó el escándalo de Odebrecht. No. El caso más espeluznante de corrupción –de los hasta ahora confesados– lo cometió el chavismo, como era de suponer.

Mil millones de dólares en sobornos pagados a Alejandro Andrade representan la asquerosidad corrupta más grande de todos nuestros tiempos desde la Independencia.

Quien fuera guardaespaldas de Chávez, como Maduro, y luego Tesorero Nacional, lo realizó.

Escalofriante silencio

Hasta lo que se sabe, Andrade se declaró culpable de haber recibido –sólo él– mil millones de dólares en sobornos. Sí, ¡mil millones! Con su principal cómplice, un tal Raúl Gorrín, ideó este andamio de corrupción inimaginable a través del control de cambio. Increíble. Jamás en la historia de Venezuela ni de América Latina un asalto de esta magnitud había ocurrido. Jamás.

Lo escalofriante del evento, además de la conocida corrupción chavista, ha sido el silencio opositor. Nadie entiende su actitud.

¿Qué pasa?

Comprado y prostituido

Partidos políticos, medios de comunicación, líderes políticos y periodistas (vergüenza particular los que laboran en Globovisión) se han escondido en los matorrales de esta ruindad y no se han pronunciado severamente como deben. Salvo decididas excepciones, la mudez ha sido aterradora.

Se dice que Raúl Gorrín ha comprado –y prostituido– con sus limosnas a políticos y periodistas, pero ni aun así se explica que nadie reaccione, es tan evidente y notorio el delito (además de confeso), que amerita una crítica tan enorme como la magnitud del hecho. No la ha habido.

¿La habrá?

La incomprensible tibieza

No soy de los críticos acérrimos de la Asamblea Nacional, de hecho, en medio de la dificultad he opinado públicamente –y lo sostengo– que la dupla Borges-Guevara en el 2017 encaró a la dictadura y la puso contra las cuerdas. A los diputados los han golpeado, encarcelado y torturado encarnizadamente. Las cicatrices hablan por ellos. No seré yo quien los recrimine, no es justo.

Sé que ha habido traiciones, pero son casos aislados, no la mayoría. Es incomprensible, sin embargo, la tibieza con que se ha tratado el delito más despreciable que ha ocurrido en nuestro país. Insisto: despreciable. No se entiende.

¿Qué nos pasa a los venezolanos?

El reclamo de la historia

Niños mueren de hambre, ancianos fallecen sin medicinas, jóvenes caen acribillados o encarcelados, compañeros han perdido la vida por un sueño de libertad, madres han enterrado su amor en los cementerios y la mayoría de los diputados voltean el rostro, se desentienden. No puede ser. Urge que levanten la voz de manera severa y decidida. La historia lo reclama.

Funciones de la Asamblea Nacional principalmente son dos: legislar y controlar la administración pública. Tesorero se declara culpable de haber delinquido con Gorrín, y políticos y periodistas no dicen ni una palabra. ¿Por qué?

¿Complicidad?

Sólo les pediría

No niego mi frustración, más que rabia siento una penosa tristeza. Hemos luchado tanto y tan rudo por derrocar a la dictadura; hemos sufrido tan dolorosas pérdidas, clavado desoladoras cruces en cementerios; hemos sacrificado y ofrecido tanto por la libertad, que no es justo, es deplorable, una desconsoladora cachetada de mentira, que se callen, que no denuncien, que no muestren al menos un ápice de indignación.

No sé si mi angustia llegue a alguien, no sé si diputados –que incluso he defendido– o periodistas me lean, no lo sé, pero si lo hicieran sólo les pediría algo: rectifiquen.

Venezuela es Venezuela por su bravura, no por su cobardía.