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Chavismo Y Oposición, El Banquete De La Infamia

Amontonar memorias

Sonará cursi, poco me importa, pero añoro tantas cosas de Venezuela, tantas, que me cuesta recomponer sus dispersos trozos desde el destierro. A veces, frente al mar, en estas largas contemplaciones de la nada, como ejercicio amontono memorias para conservar –sin que se desvanezcan– gustos, sabores, paisajes, brisas, atardeceres, cascadas, olas, felices borracheras con artistas, pescadores, campesinos; montañas, vuelos, excusiones, cantos, sueños, calles, cafés, teatros, besos, amores pasajeros y permanentes, desvelos, amigos, amigas, juegos, La Salle, sus labios, su cuerpo, el abrazo, la gente, el pueblo, la sociedad, el rico, el pobre, el panadero, el taxista, las flores, el jardinero, Urama, la primera vez que la desnudé, la primera que la amé, mi hija, mis hijos, el amor, los amores, la felicidad, el aire.

Y el chavismo me despierta, siempre vuelve a hacerlo.

Estamos vivos, sí, vivos

En Cúcuta, no lo niego, volví a ser feliz. Me conseguí con tanta gente que llevaba años sin ver, sin abrazar, con quienes no había conversado vívidamente durante años. Los vi, los abracé, los besé, fui un loco de carretera reconociendo personas en la orilla de la historia después de un largo y terrible naufragio. Por momentos no había heridas ni lesiones, tampoco evocaciones ingratas, sólo gustos, sonrisas, gestos amables, salpicantes esperanzas, “estamos vivos, sí, vivos, aquí en la frontera de la libertad”, por eso los besé, cargué, apurruñé a todos, a Idania Chirinos, Camila Canabal, Erika de la Vega, Cayetana Álvarez, Gaby Arellano, Anak, Gerald, Natasha, Guaidó, Lorent, Vilca, Lester, Gerardo, Smolansky, Donelli, Ipaniza, Nacho, Pedro, y tantos otros, tantos tantos, que enumerarlos me sería imposible. Pensé en Laureano, en Melamed, en Leopoldo y Lilian, en Romero y Himiob, en mi Gabriela Montero, tanta gente que admiro y quiero, tanta Venezuela dispersa en mi memoria, tanta Venezuela que quiero ver y tocar, besar, cargar, abrazar.

Llegó la noche en Cúcuta y la fruición recibió una cachetada, el chavismo me mostraba otra vez su colmillo. Ahí estaba.

Luisa Ortega y el banquete de la infamia

No sé si el país, o mejor, si la nación, esa combinación magistral de cultura, tradición, historia, lenguaje, sensibilidad y pasión que somos los venezolanos ha entendido el hondísimo daño histórico que nos ha causado el chavismo, veo con espanto –no lo niego– la lenidad como las víctimas de esta tragedia histórica tratamos nuestra ruina y me horrorizo, de verdad, lo hago, no sé, no entiendo, me pregunto si tanta destrucción y caos han servido para aprender la lección y, no lo niego, a veces dudo que hayamos aprendido. Cuando en Cúcuta vi a Luisa Ortega, la misma que había perseguido, encarcelado y torturado a compañeros míos, sentada como sonriente comensal entre vinos, whisky, abrazos, sonrisas y besos, con miembros de la oposición sentí un profundo apagón en mi alma, también sentí asco. Algo se descompuso, algo se rompió, algo también me hizo más consciente: la corrupción de la cuarta se abrazaba a la de la quinta, celebraban su permanencia. Lo vi. No me lo contaron.

El chavismo se reivindica, sin arrepentimiento ni juicio, en un banquete de infamia.

Yo no

Entiendo que se use a Ortega como sujeto estratégico para menoscabar las bases políticas de la tiranía chavista, pero de ahí a festejar con ella, la verdugo de tantas y de tantos, la criminal de la persecución política, la cárcel y la tortura, hay un largo trecho de infamia, desvergüenza y perversión. Yo no presto a eso, por eso cuando en Cúcuta algunos intentaron acercar a la fiscal chavista a mi mesa para sentarla junto a mí la increpé duramente, le dije que jamás podría compartir una mesa con ella, que yo era una persona íntegra, con principios, que no podía compartir con quienes han destruido al país, ni amenizar con los asesinos o torturadores de mis amigos. Ni de vaina, que no se sentará junto a mí. Que yo tenía cruces y lápidas en el cementerio cuya memoria honraría hasta el fin de mis días, y que por ella y su maldita gente la única posibilidad que me quedaba para acercarme a mis amigos asesinados era tocar la piedra blanca y fría que los sembraba en la tierra para siempre.

Si otros habían decidido besar los pies de sus verdugos chavistas, yo no lo haría jamás. Jamás.

La mano tendida del chavismo

No he visto ni un atisbo de arrepentimiento en el chavismo, nada. Campean a favor de Hugo Chávez y contra Maduro, como si el uno y el otro fueran algo distinto, o como si el primero no hubiese sido el delincuente que nos legó a su amado como heredero del trono tiránico. No nos llamemos a engaño, son la misma peste. Como le dije a Luisa Ortega, a pesar de todos sus ataques contra nosotros, la peste…, su peste, sus balas, sus cárceles, sus torturas y su miseria, no nos había doblegado, nosotros estábamos intactos porque la moral no se doblega, y nosotros teníamos moral de sobra y ellos no, ella no. Al final me tendió la mano y no se la di, no le podría ver la cara a mis hijos ni a las madres de los niños que el chavismo ha encarcelado, torturado y asesinado si lo hiciere. Se la dejé tendida, esa fue mi respuesta a sus balas: el desprecio.

Sí, para mí el chavismo sólo merece desprecio. Sólo eso, aún más si no se arrepiente de lo que hizo.

El perdón y el arrepentimiento

Entiendo que algunos políticos se acerquen al chavismo por razones estratégicas, lo que no entiendo es la impunidad moral y las carcajadas con que lo hacen. Yo no. Dios ofrece el perdón al arrepentido y nosotros, siervos del creador, no somos quienes para negárselo. Pero para que haya perdón debe haber genuino arrepentimiento. Arrepentirse y perdonar nos humaniza y civiliza a todos. Sin embargo, el perdón ante las violaciones de derechos humanos en las democracias republicanas está precedido por la pena, la condena y la cárcel. Sin justicia las heridas no cicatrizarán, con impunidad no habrá aprendizaje ni civilización no habrá país, sólo barbarie. Me siento a contemplar el mar para evocar las mejores memorias de mi Venezuela, recomponer los trozos de ella despedazados en mi espíritu y me cuesta a hacerlo, por eso me lo impongo como ejercicio, no quiero perder el mejor recuerdo de lo que hemos sido, de los que somos a pesar del chavismo. Sé que algún día lo lograré. Lo sé. Ese día será el día de la libertad, que llegará pronto.

Y mi perdón será luchar hasta el último aliento para que el chavismo –esa abominación– sea encarcelado ante la historia.