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Asesinos de la humanidad…

Víctimas de un holocausto

No son narcos los peores criminales que ha conocido la civilización, tampoco los corruptos ni los asesinos en serie, los peores criminales que la humanidad conoce y conocerá son los genocidas y los criminales de lesa humanidad. La hondura de la tragedia venezolana deriva en que quienes nos rigen, la dictadura chavista, está compuesta por genocidas y criminales de lesa humanidad.

De ahí resulta el mosaico de sangre, dolor y devastación que compone el sufrimiento que soporta nuestro país desde que Chávez mostró su rostro. De ahí deriva tu calvario y el mío.

Somos víctimas de un holocausto.

Todos menos uno

Era diciembre de 2001, Rafael (no menciono el apellido para protegerlo) me mostró un documento, era el Estatuto de Roma. Desde que lo leí lo supe al instante: Hugo Chávez estaba llamado a ser el nuevo criminal de lesa humanidad de nuestro tiempo. Sentí pavor, no puedo negarlo, era meridiana mi comprensión de lo que venía. Conversé con varios amigos sobre mi descubrimiento –era 2001– y pensaron que deliraba, todos menos uno: Alfredo Romero.

En su casa conversamos sobre lo que ocurriría, le pedí que estuviera preparado, que tarde o temprano Chávez y el chavismo cometería esos terribles crímenes y debíamos enfrentarlos.

Alfredo, incrédulo, pero gran espíritu cómo es, me respondió: estamos preparados.

(No sabíamos ninguno en qué clase de adversidad nos meteríamos).

¿Exagerados, ingenuos, idealistas?

La funesta tarde del 11 de abril de 2002, Hugo Chávez mostró otra vez su rostro sangriento, como había hecho el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, volvió a disparar a la cabeza de venezolanos inocentes. Para nosotros ese sería el comienzo de muchísimos más crímenes, lo sabíamos. Romero junto a Gonzalo Himiob, Juan Carlos Sosa, Antonio Rosich y Eduardo Meier conformamos un equipo legal para demandar a Chávez, queríamos evitar más y peores crímenes.

Las críticas en el corrompido ambiente político e intelectual surgieron, nos llamaron exagerados, ingenuos, idealistas. No lo éramos, sabíamos que no lo éramos. La realidad, la historia y el horror nos dieron trágicamente la razón.
Éramos sí, en todo caso, profetas de la atrocidad que hoy somos.

El espectáculo sórdido de la ceguera

Los “expertos”, la mayoría de ellos, hoy flamantes acusadores de los crímenes de la dictadura o víctimas de ellos, nos rogaban que cesásemos de acusar a Chávez de criminal, decían que no lo era, sugerían que tan sólo era un mal gobernante. Fue un espectáculo sórdido. Profesores, maestros, doños académicos, encuestadores, todo el status quo intelectual y político estaba al servicio de la ceguera. Mucho de la crueldad que hoy vivimos se debe a su falta de conciencia.

En su momento, sólo tres personalidades nos apoyaron, sólo tres creyeron en nuestro argumento: Manuel Caballero, Diego Arria y Asdrúbal Aguiar.

Qué triste turbación haber tenido la razón.

Una de las peores víctimas

Otro que también entendió y se alertó desde el primer momento era el entonces muy joven alcalde de Chacao, Leopoldo López. Cuando leí con él el Estatuto de Roma, igual que me había sucedido a mí, supo que en Venezuela se padecería un holocausto, desde ese día y hasta la fecha siempre intentamos alertar del horror que padeceríamos. Nada fue suficiente.

Lamentablemente, Leopoldo fue una de las peores víctimas de los crímenes que tanto denunció, fue perseguido, encarcelado, torturado, con una crueldad inenarrable.

Hoy está de pie, sin embargo, no logramos ni prevenir ni evitar el terror vivido.

Alivio moral

Empeorará, sí, cada día los crímenes y el caos será peor, no hay manera de que nada cambie mientras la manada de criminales: Maduro, Cabello, Rodríguez, Saab, Aissami, etcétera, permanezcan en el poder. Sólo derrocarlos evitará peores males. Sólo eso: extirparlos del poder. Sin embargo, en estos días cuando la Fiscalía Penal Internacional de La Haya se pronunció aceptando que en Venezuela se habían cometido crímenes de lesa humanidad sentí alivio moral.

Después de tantos años, de tanta discusión, de artículos, libros, documentales, entrevistas y presentaciones, al fin la justicia atiende la agonía venezolana. No es algo que satisfaga, pero al menos sabemos que hicimos lo correcto.
Ojalá otras naciones observen la ruina venezolana y no cometan el mismo error de la ceguera. Ojalá, no sucumban y reaccionen temprano a la tentación totalitaria.

Igual nosotros tenemos que seguir, pese a las heridas.

No hay opción, sólo la libertad…