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Los senos de Daniza y el destierro…

“En medio del abismo de la duda
lleno de oscuridad, de sombra vana
hay una estrella que reflejos mana”

Rubén Darío (La fe)

 
 

El mejor ristretto

Escribo desde Praga, me refugio para hacerlo en el café República, un pequeñísimo reducto de la vieja ciudad que no dudo en señalar que prepara el mejor ristretto de este sector de la galaxia.
Me atiende, mientras escribo este suelto, una bella eslovaca que muestra sus senos sin estupor y me asegura que cuando me vio me confundió con un ex presidiario que conoció en Hungría.
Así de extraña comienza esta historia.
 

Otro “golpe suave”

Al mismo tiempo que la hermosa barista conversa conmigo o al menos intenta hacerlo, pienso en la conversación que acabo de sostener con el joven activista nicaragüense Rayid Alvarado, quien, perturbado de tristeza, me relata que ya no podrá volver a Nicaragua: la tiranía chavista liderada por el pedófilo Daniel Ortega lo acusa de orquestar el “golpe suave”.
No puedo mantener el diálogo con la eslava desnuda, aunque su atrevida y bohemia postmodernidad (ahora les llaman hípsters) había cazado mi atención por un instante. Nuevamente extravío mi recuerdo al llanto de Rayid.
¿Otro golpe suave?
 

El destierro, el amante, el tormento y la estrella de la mañana

En su ocasión, el sátrapa Hugo Chávez y su séquito de rufianes me acusaron a mí de orquestar el “golpe suave” en Venezuela. Sé perfectamente lo que significa una acusación de ese talante para las dictaduras chavistas: el destierro. Rayid lo padecerá y será inclemente, él no sabe aún cuánto.
No puedo concentrar mis ideas para escribir, la temeraria Daniza –nombre de la eslovaca que significa “estrella de la mañana”– me explica que el ex presidiario que tanto se parece a mí fue su amante y que escapó con él en velero a Grecia: “Éramos dos prófugos refugiados en el mar Mediterráneo. Fue tormentoso…” me dice.
¿Tormentoso?
 

Los senos de Daniza

Praga es quizá una de las ciudades más magnéticas y hermosas del planeta. Paris, Guanajuato, Venecia y quizá Viena le disputan esa categoría. He escrito varios poemas vinculados con Praga, todos eróticos porque su romántico urbanismo guarda una oscuridad sensual difícilmente descifrable. No por razones extrañas Kafka escribió su Metamorfosisaquí, buscaba una balanza que equilibrara –así fuera en ficción– tan avasallante estética.
Vine a Praga para presentar el documental “Chavismo: la peste del siglo XXI” y mientras intento escribir este suelto semanal y Daniza me muestra sus bellos y tatuados senos, asoció de repente al fabuloso y asqueroso insecto de Kafka con el chavismo.
Un día despertó Venezuela y estaba convertida en cucaracha chavista: ¿cuándo morirá?
 

No hay culpabilidad sin delito

Daniza me señala que su amante el ex presidiario –tan parecido a mí, insiste– le pegaba. Me sorprende con una segunda confesión: “Me encantaba que lo hiciera, sobre todo cuando nos amábamos con rabia”. Su inglés, como el mío, es torpe. No sé si entendí bien –escena kafkaina– y la cuestiono de vuelta para saber si comprendí lo que dijo. Me repite exactamente lo mismo.
Tuve una confusa sensación de culpabilidad y vergüenza. La insistencia en el “parecido” era bochornosa. Casi le pido “perdón”, pero en un fugaz arrebato de conciencia me doy cuenta que es inútil.
Yo no soy culpable.
 

La comprensible morada de Kafka

Rayid no volverá a Nicaragua mientras el criminal Daniel Ortega detente el poder; tampoco lo podré hacer yo mientras el insecto chavista exista. A Rayid y a mí nos acusan de una ficción: el “golpe suave” y lo parecido de nuestras historias nos hace desterrados de un delirio.
En la bellísima y sensual Praga, comprensible morada de Kafka, Daniza y su sutil desnudez no para de narrarme sus excéntricas peripecias amorosas, tan ajenas y extrañas como las rarezas que uno vive en el exilio. Yo escribo en mi cuaderno de notas para no olvidar este singular momento: “somos náufragos de un tiempo incomprensible”.
En el destierro, los sutiles senos de Daniza en el café Republica son un placer tan kafkiano como engañoso: un espejismo.
Termino de escribir, me despido y vuelvo a la monstruosa realidad: Venezuela.